¿Decretan los dioses ese día?

OCTUBRE, OCTUBRE
¿Decretan los dioses ese día?
Viernes, 3 de noviembre de 1961
LUIS
Este aire sí es mi patria, qué delicia de otoño, tras las lluvias pasadas, como primeros días de colegio, tibio sol, mañanas de Madrid azul y oro, veladuras grises, oliendo a tierra húmeda como entonces, no han podido cambiar mi aire, el humo de la hojarasca rizándose entre el encaje de los árboles desnudos. Apenas últimas hojas amarillas, me costó trabajo librarme de don Ramiro, ¡qué pesado, pero qué tipo!, le envidio, sin problemas, tuve suerte con esa casa, refugio con horizonte, el de mi balcón bajo la ventana de Agueda, los cedros del jardincillo en talud hacia Bailén, la Casa de Campo a lo lejos, me siento haciendo novillos, pero hasta las doce no me entregan en la imprenta, antes no puedo hacer nada, pero figuro trabajando, consta en el planning del Doctor Calasans, «Madero, galeradas y ajuste», controlado, es cómodo este banco arrinconado, lástima de plaza destrozada, cubierta de piedra, ¡vieja Plaza de Oriente de mis juegos!, niñeras, aquel barquillero jorobadito, siempre tan risueño, engatusándonos para que compráramos, cuánta picardía, nos enseñó a fumar, vendía «pitos» de tapadillo, nos prestaba perras gordas, su deformidad como si le infundiera vida, los gnomos de la tierra, los herreros míticos, los cabiras de Lemnos, ¿demonios fálicos?, vida misteriosa, deseos pervertidos, yo prefería pirulís de La Habana, ¡su dulce penetración de los labios!, y el carrito empavesado que daba la vuelta, tirado por un burrito con sombrero de paja en el verano, saliendo sus orejas por agujeros, el dueño agitanado, con un pitillo colgando del labio, restallaba el látigo como en el circo.
Ahora la pompa en todo, hasta en la oficina, el Doctor engolado reinando en todas partes (Corazón Santo), cada uno su pedestal para disimular su mediocridad, parapetados tras la mesa, extrañeza unánime al verme poner la mía contra la pared, todos me gastan la misma broma: «¿te han castigado?», prefiero ese aislamiento para trabajar, enfrente los libros alineados, el tablero de corcho con notas a la vista, aquí la mesa es para recibir, negociar con visitas, mostrador de chalaneo, la mía banco de artesano.
Me cuesta reinsertarme aquí, aún no he terminado mi readaptación, tampoco la facilita esta gente, no viven el cambio del mundo, siguen en su guerra, no terminó, raro es el día sin alusiones en la prensa, ¡y qué periódicos!, cómo me acuerdo de El Sol, incluso el ABC de entonces, qué ramplonería intelectual esta dictadura, qué chatez de pensamiento creyéndose en posesión de la verdad, el ministro que visita el monasterio gótico convertido en Parador de Turismo y aprovecha para atacar a Jruschov; el paso por Barajas de un obispo peruano camino de Roma y que (reverentemente nos informa la prensa) ha de interrumpir su viaje por una disentería, esas son las noticias, y la reveladora discriminación en las recepciones caudillescas —«audiencia militar» y «audiencia civil», ciudadanos de primera y de segunda—, sólo los anuncios reflejan la vida; pues no digamos el NO-DO, sus resentidas omisiones de lo que pasa fuera, su triunfalismo al presentar el embalse, gloria de nuestra ingeniería, valladar inexpugnable contra el comunismo, y esa obsesión provinciana por lo que dicen de España, la carta del turista escribiendo al Sunday Telegraph lo bien que se alojó en Torremolinos; España, modelo de ley y orden; así se revela la secreta inseguridad de estos triunfadores, por eso no bajan la guardia, a nosotros solamente nos toleran, yo sospechoso, traigo el bacilo de pensar por cuenta propia, puedo contaminar el alma del IDEA, a veces me da risa, qué cerrilismo carpetovetónico para repetir que España es diferente, la única esperanza surgida en Europa desde Trento, y además ahora el milagro español de la estabilización de 1959, el mundo exterior enfermo y corrompido, aún hay algo peor, esa caridad de cartón piedra para el arrepentido (eso se me presume al haber vuelto, ¡si supieran!), lo del Buen Pastor y la oveja negra, pues sí, negra para siempre, no soy redimible sino sólo contratable, rojo per saecula saeculorum, aunque todavía ellos siguen construyendo, ahí en la Moncloa, un templete redondo con ladrillos en cruz y rejas como espadas, otro recuerdo de aquello, será inaugurado cualquier día con chinchín, rataplán y tararí.
Allá ellos, un superviviente no tiene futuro, vivir cada rato apacible, como éste, rasguido de escobas de brezo, crujir de gravilla bajo infrecuentes pasos, alguna voz de jardinero, es temprano para los niños, lejano rodar de autos por Bailén, se queda uno frío y andar gusta, el sol dando en lo alto del Palacio Real, allá arriba pequeñas estatuas, pero hermanas de estas gigantescas en la plaza, Chindasvinto y Witiza, Fruela I y Turismundo, recitados de carrerilla en el colegio los treinta y tantos reyes godos, qué estúpida enseñanza de la historia, más bien qué inteligente, ocupar la memoria con eso escamoteando lo importante, recorro San Quintín y subo hacia el Senado, sede ahora del Movimiento, su tarea frenar el país, ironía del nombre; el muro de la Encarnación, esto era usar bien la piedra y el ladrillo, qué sedante, a pesar del ciprés agresivo, lanzada feroz al cielo, ¿por qué me desazona siempre ese árbol hermético?, ese símbolo fálico, hojas sin estaciones, como el pino, Attis, hijo de hermafrodita y náyade, tan bello que enamora a su padre, que éste le enloquece hasta inducirle a castrarse, muere y resucita como la vegetación tras el invierno, siempre la fertilidad tras la castración y muerte, el ciprés me desazona, su misterio.
Lo dejo atrás, atrás la Plaza de la Ópera, el quiosco, la serena vendedora, compraré por oírla, no lleva anillo, ¿cómo no se habrá casado una mujer así?, cualquiera la querría, como pararrayos de catástrofes, ¿o acaso una mosquita muerta de las que luego sacan los pies del plato?, como me repetía de Asunción la tía Hélène, pobre Asunción, ¿sería verdad?, no me porté bien al dejarla, pero quería pescarme, en eso tenía razón Hélène, hubiera cambiado mucho mi vida, ahora seguiría yo en Argel, ¿daría clases o me ocuparía de sus viñas?, al menos me he librado de la guerra, ¿qué habrá sido de ella?, ¿habrá huido a Francia perdiéndolo todo?
Provinciana calle de Santiago, criaditas hacia la rinconada, donde sobrevive Viena, comprar un pan reciente para el desayuno tardío de sus señoras, las pantorrillas sin medias se adivinan frías, los muslos guardando aún calor de la cama, la gente se saluda, una calle humana, en Milaneses ya, ¡mira que rotular Golden Gate a una cafetería!, en qué película se habrán inspirado, en cambio, el café Platerías desaparecido, otra baja en mis recuerdos, a veces me traía padre, aquel viejecito de la tertulia, había sido ayudante del general Villacampa, y se sublevó con él, un superviviente, y ese nombre de la calle, ¿cómo lo habrán dejado?, Siete de Julio, milicianos del pueblo, seguramente no dice nada a la gente, éstos han encarcelado también a la otra historia, la del pueblo, sólo evocan la escrita por los curas, la de Boabdil y Lepanto, también han podado la Plaza Mayor, asesinado sus árboles, sembrada hoy de cemento, antes humanizada, parada de los tranvías a los Carabancheles, soldados y criadas despidiéndose aquí, las casas asomando a la plaza las flores de sus terrazas, pero éstos sospechan de la vida, afuera el pueblo, que no se asome siquiera, este recinto era para la Inquisición, sus autos de fe quemando herejes, parece que quieren recordarlo, prohibido vivir, prohibidas las muchachas tendiendo ropa en tan gracioso alzar de brazos, mueran los juegos infantiles, desterrados los viejos sentados bajo las acacias, fuera todo eso, aplástelo la línea recta, el suelo enlosado, ¡muera la vida, viva la muerte, arriba el Orden!
Dan ganas de gritar que aquello pasó, que murió don Felipe, y el sol se pone pronto en los dominios, ¿qué Imperio?, ni siquiera el proclamado por vosotros hace veinte años, aquél de ir hacia Dios, Dios a vuestra medida y semejanza, no les importa, ya lo saben, aunque no lo confiesen, su imperio es de museo, panteón embalsamado, la vida encajonada en los moldes sacrosantos, este urbanismo oficial, aquí no se mueve ni una línea, ladrillos ¡a formar! ¡alinearse, dinteles!, y ésta es nuestra consigna: abrir la boca ante el Escorial, apoteosis de las pompas fúnebres, y hasta el propio Escorial superado, pase al museo, para futuras pompas ya está el Valle de los Caídos, pirámide del nuevo Faraón, pobre Plaza Mayor hecha desierto, ¿le llegará algún día otro deshielo post-staliniano?, la pañería de Bustillo, mi padre me traía, en el pico constantes desniveles salvados por un par de escalones, pasadizos, varias casas comunicándose, ideal para Luis Candelas, entrar por una calle y salir por otra, olor a paño nuevo, mostradores abrillantados por el roce de las telas, atendía un viejecito con la cuadrada vara de medir, mi padre le llamaba por su nombre, lo he olvidado, también su aspecto, ¿se parecería a este otro viejo, ahí junto al puestecillo de libros?; le pregunto si levantan las losas para volver a poner árboles. «¿Árboles?». Se encrespa, «si se atreve a nacer uno por casualidad, seguro que lo fusilan; ¡árboles: qué cosas pide usted!».
Curioseo en el puesto, hay viejos Xavier de Montepin editados por Sopena muchos FBI y del Oeste, el viejo justifica su exabrupto, se dispara cuando le hablan de árboles; el gran pozo de piedra un chicharrero en verano; menuda diferencia cuando él vendía ahí en medio, bajo una acacia, «¡más fina era!, ¡como una modistilla, sí señor!, ahora no plantan nada, ¡qué va!, asfalto para los coches, aparcar a gusto, los amos de la calle, si no se tiene auto, ¿por qué razón va a preocuparse de uno el Ayuntamiento?, peatones de mierda»; la de cosas que ha visto pasar ese viejo; oyó la bomba de la boda del rey, vio llegar a los heridos del Gurugú, y al venir la República don Pedro Rico en ese balcón, tres años de obuses, la entrada de los franquistas, aquí le arrinconaron, «ale interesan Los tres mosqueteros?» (se interrumpe viéndome coger el libro), «la tengo en otra edición más completa, ya no está prohibida», le miro asombrado, «¿estuvo prohibida esa novela?», se asombra a su vez, «¿de dónde sale usted?, la censura, hasta hace poco, no dejaba venderla, estaba en el Indice», increíble de puro grotesco, le cuento mi larga ausencia, «también estuve yo en Francia», me responde, me mira de otra manera, ya no soy un extraño para él, «qué lástima que a la vejez ya no se pueda vivir más que en la tierra de uno, ¡maldita sea!», se pone sentimental, le compro un número viejo de El Cuento Semanal; la que se armó en el colegio cuando nos pescaron leyendo uno de Joaquín Belda, quedo en volver, esos mosqueteros prohibidos, ¡otro aldabonazo del pasado!
Qué sorpresa, aquellos mosqueteros, los míos, desenterrados ahora, treinta años en el olvido, los tres mosqueteros éramos nosotros, Athos era Arturo, le estoy viendo, ¿dónde vivía?; Porthos el chico del carbonero de la calle del Espejo, Gregorio, sí, qué bríos para hacer astillas en medio de la acera, como el leñador de ahora en Noblejas; Aramis era yo, por entonces ni ventolera religiosa, influjos de tía Chelo, me había comprado un juego de misa, con cáliz, candelabros, atril para el misal, vinajeras, todo de plomo dorado con purpurina; ¿y Artagnan?, me falta Artagnan, ¿cómo puedo olvidar su nombre?, ¿por qué se me resiste?, freudiano, sin duda, todavía hoy me siento bajo su dominio, pero se me ha borrado su cara, su nombre y su casa; qué desamparo esa mutilación del recuerdo, como si me faltara mi padre, como si al excavar hubieran destrozado el rostro de la estatua, ¿qué significará?, sólo veo su espada, la mejor de todas, hoja de madera contrachapada, Tizona, Durandal, Excalibur, Musaguine, las del Cid, Rolando, Artús, Osmán Gazi, ¿por qué Osmán?, ¿cómo ha entrado en mi memoria?, ¿por qué me pone nervioso?, ¿qué me pasa?, otra zozobra interior, recovecos de mi caverna, el ciprés, el mosquetero, Osmán intruso en el ciclo bretón, tenía un nombre aquella espada, sí; al decidir una aventura jurábamos por ella, la besábamos, ¿y por qué recuerdo ahora al niño del portero, tan pequeño, con sus pantalones con raja, jugábamos a derribar con canicas soldados de cartón?, hoy todo sale a flote, y empecé el día tan sereno, légamo removido en la memoria, él nos presentaba la empuñadura para el beso en la cruz, Artagnan, ¿quién era?, ¿qué destino selecciona mis recuerdos y mis olvidos? Artagnan está ahí, en mi abismo, soy espectador de mi angustia, pero también su víctima, ¡cuántas sombras me persiguen mientras camino!, en torno al mismo centro, la plaza de la Ópera, ¡ha nacido un ciprés junto al quiosco!, tenía que estar desde hace años, ¿será posible?, misterio de obelisco vivo, gritando casi, ¡Egipto, aquel sueño!, «Salomón es un perro», pero falta el mar, y por eso tengo miedo, huyo de ese ciprés y ese quiosco, juntos más poderosos, deliro, ¿qué recuerdos reprimo?, Freud, ¿qué llevo en mi abismo?, a mi refugio, a casa, los escalones de dos en dos, dieciocho, es otra llave, no entra, ¡me la han cambiado!, pero claro que es la misma, abre al pasillo oscuro, de pirámide, «Salomón es un perro», algo me ha estallado dentro, voces en el comedor, serenarme, todo absurdo…
Luz diurna, doméstica, dos mujeres, huyeron los fantasmas, ¡pero si una es tía Hélène!, ¡la señora del primer día vestida de tía Hélène!, la misma tela a rayas, ¿qué dioses presiden esta fecha?, casi no entiendo a doña Emilia, «doña Flora, una buena amiga», ¿soy yo quien da la mano y quien saluda?, no hay tiempo de aclararlo: descarga el golpe, encima, en casa de Agueda, ¿un mueble?, demasiado sordo, ¡un cuerpo, ella, mi corazón se para!, corro, salgo, escaleras inacabables, puerta abierta, Tere junto al cuerpo en el suelo, ¡Agueda!, todavía respira, «… acostarla, don Luis, acostarla», ¡qué cuerpo en mis brazos!, admirables rodillas, su cabeza doliente, ojos entrecerrados, moño a medio soltar, Cristo de una Pietá, ¿yo la Madonna?, ¡qué dioses los de hoy!; vivo un sueño, olor de sus cabellos, pálido perfil, labios exangües, ¡ese cuello tronchado como un tallo, ofrecido a una cuchilla, esa venita azul y delicada!, «pero tráigala, ¿qué hace ahí parado?», ¡cómo latía mientras la sostuve!, yacente la devuelvo, tres sombras la atienden, doña Emilia en un pasmo jesuseando, doña Flora eficaz (imperiosa tía Hélène, la reconozco), retrocedo, la esquina de esta cómoda se me clava, ese papel arrugado en crispación dramática, obedezco a los dioses y lo cojo, una letra inmadura despidiéndose, firma «Gloria», ¿leo bien lo que entiendo?, pide perdón, tiene que dejarla, «yo guardo el gran recuerdo, te lo prometo, que seas feliz», ¡qué postdata brutal!, se lleva una maleta prestada, «te la devuelvo pronto, ¿no te enfadas, verdad tesoro?», esta puñalada la derribó, esconder este papel: no la favorece, guardármelo.
¡Vaya por Dios, don Ramiro!, ¿qué preguntas absurdas?, ¿por qué se adentra por esa puerta?, ¡qué agitado retorna!, ¿qué me enseña misteriosamente?, «¿pero no comprende usted, Madero?, ¡somnífero!, lo sospeché en el acto, un médico urgentísimo, cuestión de vida o muerte», medio mutis aspaventoso (qué cuadro tan irreal: somos un sueño), vuelve a mí, exige silencio, «en nuestras manos el honor de esa mujer», ¡qué diría si conociera la bola de papel en mi bolsillo!, se marcha feliz con el melodrama, hasta me ha hecho creer por un momento en el suicidio absurdo, todo cabe este día de quimeras, el ciprés, el quiosco, tía Hélène, la Pietá, ¿por qué la torturan, qué hacen las tres furias en torno a su cabeza?, «está helada, Emilia, trae la copa», tía Hélène imperiosa acerca el cáliz, corro a salvarla, pero es alcohol, un poco de whisky resbala de sus labios, la venita azul palpitando lenta, alarma en un control, «hay que reanimarla, Emilia», «Jesús, Jesús», sus pies en mis manos bajo la manta, mármoles pese a las medias, de forma perfectísima para un cuerpo de estatua, ¿cómo puedo pensar tales cosas si su vida en un hilo?, masaje, calentarlos, caricias a una hermana, yo también fui apuñalado, también mi cuerpo un golpe contra el agua, somos del mismo mundo; ¿decretan eso los dioses de este día?
¿Qué dicen de un lavado?, ¡si ya sus pies responden tibios!, ¡he encendido su sangre!, don Ramiro, incrédulo ante el médico tranquilo, «no se ha intoxicado, seguro», ¡oscila su cabeza, suena su voz!, «¿qué pasa?», vacilante y lejana, «un desmayo, sin importancia, no se apure», sonrisa de niña que sospecha le engañan, le gastan una broma, el doctor mostrando el famoso tubito, la cabeza negra sonriendo, va y viene sobre los cabellos yacentes, pero don Ramiro obstinado, dedicándome un aparte como en el teatro, «claro, amigo Madero, no va a confesarnos que sucumbió a la desesperación», recuerdo su indiferencia al taxi que la atropellaba, pero ahora vencida por un papel escrito, ¡atención a sus ojos!, ¿me adivina?, va recordando, mira hacia la cómoda, no deberá saber que alguien lo leyó, junto al mueble un gran cántaro de pueblo, dejo caer el papel con disimulo, salvarla de inquietudes.
Su tez más entonada tras el café de Tere, tierno matiz oliva, «por suerte había un médico abajo, visitando a Ildefonso», don Ramiro erigiéndose en héroe, «traído por un amigo del viejo, un dorador, curioso personaje», su voz ceremoniosa disipa dramatismos, todo vuelve a su cauce, pero no las figuras inquietantes de mi sueño, tampoco la puñalada, para ella las aguas de otro Sena, ¿qué sintió en ese instante?, ¿también aquel frío negro al recibir el golpe?, los dioses de este día trayéndome a salvarla, fui su marinero de los muelles, también el gendarme que anotó mi nombre en un papel, herida por el puñal de Marga, me equivoco: de Gloria.
José Luis Sampedro. Octubre, Octubre
Y las cosas, provocadoras y significativas. Las puertas, las máscaras, los quioscos, los espejos; y las navajas y los braseros, las cavernas y los perfumes…
Vidas cotidianas y mágicas; cosas inmutables y vivas. Porque «Octubre, Octubre» abarca todo un mundo, completo en su significado aunque permeable a otras interpretaciones. Un mundo expuesto sin trampas formales ni artificios narrativos, cuyo centro es el quiosco de María, en el madrileño «quartel de Palacio», pero cuyo eje se apoya por arriba en la más alta terraza, donde se alza la «kaaba» de Miguel, y por abajo en la caverna donde Luis y Agata celebran su amorosa liturgia. Un mundo que es más que una historia porque abarca muchas, desde un pasado enraizado en el Valle de Aosta o el harem de Stambul hasta un futuro proyectado en la propia imaginación de cada lector.

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