¿Decretan los dioses ese día?

OCTUBRE, OCTUBRE
¿Decretan los dioses ese día?
Viernes, 3 de noviembre de 1961
LUIS
Este aire sí es mi patria, qué delicia de otoño, tras las lluvias pasadas, como primeros días de colegio, tibio sol, mañanas de Madrid azul y oro, veladuras grises, oliendo a tierra húmeda como entonces, no han podido cambiar mi aire, el humo de la hojarasca rizándose entre el encaje de los árboles desnudos. Apenas últimas hojas amarillas, me costó trabajo librarme de don Ramiro, ¡qué pesado, pero qué tipo!, le envidio, sin problemas, tuve suerte con esa casa, refugio con horizonte, el de mi balcón bajo la ventana de Agueda, los cedros del jardincillo en talud hacia Bailén, la Casa de Campo a lo lejos, me siento haciendo novillos, pero hasta las doce no me entregan en la imprenta, antes no puedo hacer nada, pero figuro trabajando, consta en el planning del Doctor Calasans, «Madero, galeradas y ajuste», controlado, es cómodo este banco arrinconado, lástima de plaza destrozada, cubierta de piedra, ¡vieja Plaza de Oriente de mis juegos!, niñeras, aquel barquillero jorobadito, siempre tan risueño, engatusándonos para que compráramos, cuánta picardía, nos enseñó a fumar, vendía «pitos» de tapadillo, nos prestaba perras gordas, su deformidad como si le infundiera vida, los gnomos de la tierra, los herreros míticos, los cabiras de Lemnos, ¿demonios fálicos?, vida misteriosa, deseos pervertidos, yo prefería pirulís de La Habana, ¡su dulce penetración de los labios!, y el carrito empavesado que daba la vuelta, tirado por un burrito con sombrero de paja en el verano, saliendo sus orejas por agujeros, el dueño agitanado, con un pitillo colgando del labio, restallaba el látigo como en el circo.
Ahora la pompa en todo, hasta en la oficina, el Doctor engolado reinando en todas partes (Corazón Santo), cada uno su pedestal para disimular su mediocridad, parapetados tras la mesa, extrañeza unánime al verme poner la mía contra la pared, todos me gastan la misma broma: «¿te han castigado?», prefiero ese aislamiento para trabajar, enfrente los libros alineados, el tablero de corcho con notas a la vista, aquí la mesa es para recibir, negociar con visitas, mostrador de chalaneo, la mía banco de artesano.
Me cuesta reinsertarme aquí, aún no he terminado mi readaptación, tampoco la facilita esta gente, no viven el cambio del mundo, siguen en su guerra, no terminó, raro es el día sin alusiones en la prensa, ¡y qué periódicos!, cómo me acuerdo de El Sol, incluso el ABC de entonces, qué ramplonería intelectual esta dictadura, qué chatez de pensamiento creyéndose en posesión de la verdad, el ministro que visita el monasterio gótico convertido en Parador de Turismo y aprovecha para atacar a Jruschov; el paso por Barajas de un obispo peruano camino de Roma y que (reverentemente nos informa la prensa) ha de interrumpir su viaje por una disentería, esas son las noticias, y la reveladora discriminación en las recepciones caudillescas —«audiencia militar» y «audiencia civil», ciudadanos de primera y de segunda—, sólo los anuncios reflejan la vida; pues no digamos el NO-DO, sus resentidas omisiones de lo que pasa fuera, su triunfalismo al presentar el embalse, gloria de nuestra ingeniería, valladar inexpugnable contra el comunismo, y esa obsesión provinciana por lo que dicen de España, la carta del turista escribiendo al Sunday Telegraph lo bien que se alojó en Torremolinos; España, modelo de ley y orden; así se revela la secreta inseguridad de estos triunfadores, por eso no bajan la guardia, a nosotros solamente nos toleran, yo sospechoso, traigo el bacilo de pensar por cuenta propia, puedo contaminar el alma del IDEA, a veces me da risa, qué cerrilismo carpetovetónico para repetir que España es diferente, la única esperanza surgida en Europa desde Trento, y además ahora el milagro español de la estabilización de 1959, el mundo exterior enfermo y corrompido, aún hay algo peor, esa caridad de cartón piedra para el arrepentido (eso se me presume al haber vuelto, ¡si supieran!), lo del Buen Pastor y la oveja negra, pues sí, negra para siempre, no soy redimible sino sólo contratable, rojo per saecula saeculorum, aunque todavía ellos siguen construyendo, ahí en la Moncloa, un templete redondo con ladrillos en cruz y rejas como espadas, otro recuerdo de aquello, será inaugurado cualquier día con chinchín, rataplán y tararí.
Allá ellos, un superviviente no tiene futuro, vivir cada rato apacible, como éste, rasguido de escobas de brezo, crujir de gravilla bajo infrecuentes pasos, alguna voz de jardinero, es temprano para los niños, lejano rodar de autos por Bailén, se queda uno frío y andar gusta, el sol dando en lo alto del Palacio Real, allá arriba pequeñas estatuas, pero hermanas de estas gigantescas en la plaza, Chindasvinto y Witiza, Fruela I y Turismundo, recitados de carrerilla en el colegio los treinta y tantos reyes godos, qué estúpida enseñanza de la historia, más bien qué inteligente, ocupar la memoria con eso escamoteando lo importante, recorro San Quintín y subo hacia el Senado, sede ahora del Movimiento, su tarea frenar el país, ironía del nombre; el muro de la Encarnación, esto era usar bien la piedra y el ladrillo, qué sedante, a pesar del ciprés agresivo, lanzada feroz al cielo, ¿por qué me desazona siempre ese árbol hermético?, ese símbolo fálico, hojas sin estaciones, como el pino, Attis, hijo de hermafrodita y náyade, tan bello que enamora a su padre, que éste le enloquece hasta inducirle a castrarse, muere y resucita como la vegetación tras el invierno, siempre la fertilidad tras la castración y muerte, el ciprés me desazona, su misterio.
Lo dejo atrás, atrás la Plaza de la Ópera, el quiosco, la serena vendedora, compraré por oírla, no lleva anillo, ¿cómo no se habrá casado una mujer así?, cualquiera la querría, como pararrayos de catástrofes, ¿o acaso una mosquita muerta de las que luego sacan los pies del plato?, como me repetía de Asunción la tía Hélène, pobre Asunción, ¿sería verdad?, no me porté bien al dejarla, pero quería pescarme, en eso tenía razón Hélène, hubiera cambiado mucho mi vida, ahora seguiría yo en Argel, ¿daría clases o me ocuparía de sus viñas?, al menos me he librado de la guerra, ¿qué habrá sido de ella?, ¿habrá huido a Francia perdiéndolo todo?
Provinciana calle de Santiago, criaditas hacia la rinconada, donde sobrevive Viena, comprar un pan reciente para el desayuno tardío de sus señoras, las pantorrillas sin medias se adivinan frías, los muslos guardando aún calor de la cama, la gente se saluda, una calle humana, en Milaneses ya, ¡mira que rotular Golden Gate a una cafetería!, en qué película se habrán inspirado, en cambio, el café Platerías desaparecido, otra baja en mis recuerdos, a veces me traía padre, aquel viejecito de la tertulia, había sido ayudante del general Villacampa, y se sublevó con él, un superviviente, y ese nombre de la calle, ¿cómo lo habrán dejado?, Siete de Julio, milicianos del pueblo, seguramente no dice nada a la gente, éstos han encarcelado también a la otra historia, la del pueblo, sólo evocan la escrita por los curas, la de Boabdil y Lepanto, también han podado la Plaza Mayor, asesinado sus árboles, sembrada hoy de cemento, antes humanizada, parada de los tranvías a los Carabancheles, soldados y criadas despidiéndose aquí, las casas asomando a la plaza las flores de sus terrazas, pero éstos sospechan de la vida, afuera el pueblo, que no se asome siquiera, este recinto era para la Inquisición, sus autos de fe quemando herejes, parece que quieren recordarlo, prohibido vivir, prohibidas las muchachas tendiendo ropa en tan gracioso alzar de brazos, mueran los juegos infantiles, desterrados los viejos sentados bajo las acacias, fuera todo eso, aplástelo la línea recta, el suelo enlosado, ¡muera la vida, viva la muerte, arriba el Orden!
Dan ganas de gritar que aquello pasó, que murió don Felipe, y el sol se pone pronto en los dominios, ¿qué Imperio?, ni siquiera el proclamado por vosotros hace veinte años, aquél de ir hacia Dios, Dios a vuestra medida y semejanza, no les importa, ya lo saben, aunque no lo confiesen, su imperio es de museo, panteón embalsamado, la vida encajonada en los moldes sacrosantos, este urbanismo oficial, aquí no se mueve ni una línea, ladrillos ¡a formar! ¡alinearse, dinteles!, y ésta es nuestra consigna: abrir la boca ante el Escorial, apoteosis de las pompas fúnebres, y hasta el propio Escorial superado, pase al museo, para futuras pompas ya está el Valle de los Caídos, pirámide del nuevo Faraón, pobre Plaza Mayor hecha desierto, ¿le llegará algún día otro deshielo post-staliniano?, la pañería de Bustillo, mi padre me traía, en el pico constantes desniveles salvados por un par de escalones, pasadizos, varias casas comunicándose, ideal para Luis Candelas, entrar por una calle y salir por otra, olor a paño nuevo, mostradores abrillantados por el roce de las telas, atendía un viejecito con la cuadrada vara de medir, mi padre le llamaba por su nombre, lo he olvidado, también su aspecto, ¿se parecería a este otro viejo, ahí junto al puestecillo de libros?; le pregunto si levantan las losas para volver a poner árboles. «¿Árboles?». Se encrespa, «si se atreve a nacer uno por casualidad, seguro que lo fusilan; ¡árboles: qué cosas pide usted!».
Curioseo en el puesto, hay viejos Xavier de Montepin editados por Sopena muchos FBI y del Oeste, el viejo justifica su exabrupto, se dispara cuando le hablan de árboles; el gran pozo de piedra un chicharrero en verano; menuda diferencia cuando él vendía ahí en medio, bajo una acacia, «¡más fina era!, ¡como una modistilla, sí señor!, ahora no plantan nada, ¡qué va!, asfalto para los coches, aparcar a gusto, los amos de la calle, si no se tiene auto, ¿por qué razón va a preocuparse de uno el Ayuntamiento?, peatones de mierda»; la de cosas que ha visto pasar ese viejo; oyó la bomba de la boda del rey, vio llegar a los heridos del Gurugú, y al venir la República don Pedro Rico en ese balcón, tres años de obuses, la entrada de los franquistas, aquí le arrinconaron, «ale interesan Los tres mosqueteros?» (se interrumpe viéndome coger el libro), «la tengo en otra edición más completa, ya no está prohibida», le miro asombrado, «¿estuvo prohibida esa novela?», se asombra a su vez, «¿de dónde sale usted?, la censura, hasta hace poco, no dejaba venderla, estaba en el Indice», increíble de puro grotesco, le cuento mi larga ausencia, «también estuve yo en Francia», me responde, me mira de otra manera, ya no soy un extraño para él, «qué lástima que a la vejez ya no se pueda vivir más que en la tierra de uno, ¡maldita sea!», se pone sentimental, le compro un número viejo de El Cuento Semanal; la que se armó en el colegio cuando nos pescaron leyendo uno de Joaquín Belda, quedo en volver, esos mosqueteros prohibidos, ¡otro aldabonazo del pasado!
Qué sorpresa, aquellos mosqueteros, los míos, desenterrados ahora, treinta años en el olvido, los tres mosqueteros éramos nosotros, Athos era Arturo, le estoy viendo, ¿dónde vivía?; Porthos el chico del carbonero de la calle del Espejo, Gregorio, sí, qué bríos para hacer astillas en medio de la acera, como el leñador de ahora en Noblejas; Aramis era yo, por entonces ni ventolera religiosa, influjos de tía Chelo, me había comprado un juego de misa, con cáliz, candelabros, atril para el misal, vinajeras, todo de plomo dorado con purpurina; ¿y Artagnan?, me falta Artagnan, ¿cómo puedo olvidar su nombre?, ¿por qué se me resiste?, freudiano, sin duda, todavía hoy me siento bajo su dominio, pero se me ha borrado su cara, su nombre y su casa; qué desamparo esa mutilación del recuerdo, como si me faltara mi padre, como si al excavar hubieran destrozado el rostro de la estatua, ¿qué significará?, sólo veo su espada, la mejor de todas, hoja de madera contrachapada, Tizona, Durandal, Excalibur, Musaguine, las del Cid, Rolando, Artús, Osmán Gazi, ¿por qué Osmán?, ¿cómo ha entrado en mi memoria?, ¿por qué me pone nervioso?, ¿qué me pasa?, otra zozobra interior, recovecos de mi caverna, el ciprés, el mosquetero, Osmán intruso en el ciclo bretón, tenía un nombre aquella espada, sí; al decidir una aventura jurábamos por ella, la besábamos, ¿y por qué recuerdo ahora al niño del portero, tan pequeño, con sus pantalones con raja, jugábamos a derribar con canicas soldados de cartón?, hoy todo sale a flote, y empecé el día tan sereno, légamo removido en la memoria, él nos presentaba la empuñadura para el beso en la cruz, Artagnan, ¿quién era?, ¿qué destino selecciona mis recuerdos y mis olvidos? Artagnan está ahí, en mi abismo, soy espectador de mi angustia, pero también su víctima, ¡cuántas sombras me persiguen mientras camino!, en torno al mismo centro, la plaza de la Ópera, ¡ha nacido un ciprés junto al quiosco!, tenía que estar desde hace años, ¿será posible?, misterio de obelisco vivo, gritando casi, ¡Egipto, aquel sueño!, «Salomón es un perro», pero falta el mar, y por eso tengo miedo, huyo de ese ciprés y ese quiosco, juntos más poderosos, deliro, ¿qué recuerdos reprimo?, Freud, ¿qué llevo en mi abismo?, a mi refugio, a casa, los escalones de dos en dos, dieciocho, es otra llave, no entra, ¡me la han cambiado!, pero claro que es la misma, abre al pasillo oscuro, de pirámide, «Salomón es un perro», algo me ha estallado dentro, voces en el comedor, serenarme, todo absurdo…
Luz diurna, doméstica, dos mujeres, huyeron los fantasmas, ¡pero si una es tía Hélène!, ¡la señora del primer día vestida de tía Hélène!, la misma tela a rayas, ¿qué dioses presiden esta fecha?, casi no entiendo a doña Emilia, «doña Flora, una buena amiga», ¿soy yo quien da la mano y quien saluda?, no hay tiempo de aclararlo: descarga el golpe, encima, en casa de Agueda, ¿un mueble?, demasiado sordo, ¡un cuerpo, ella, mi corazón se para!, corro, salgo, escaleras inacabables, puerta abierta, Tere junto al cuerpo en el suelo, ¡Agueda!, todavía respira, «… acostarla, don Luis, acostarla», ¡qué cuerpo en mis brazos!, admirables rodillas, su cabeza doliente, ojos entrecerrados, moño a medio soltar, Cristo de una Pietá, ¿yo la Madonna?, ¡qué dioses los de hoy!; vivo un sueño, olor de sus cabellos, pálido perfil, labios exangües, ¡ese cuello tronchado como un tallo, ofrecido a una cuchilla, esa venita azul y delicada!, «pero tráigala, ¿qué hace ahí parado?», ¡cómo latía mientras la sostuve!, yacente la devuelvo, tres sombras la atienden, doña Emilia en un pasmo jesuseando, doña Flora eficaz (imperiosa tía Hélène, la reconozco), retrocedo, la esquina de esta cómoda se me clava, ese papel arrugado en crispación dramática, obedezco a los dioses y lo cojo, una letra inmadura despidiéndose, firma «Gloria», ¿leo bien lo que entiendo?, pide perdón, tiene que dejarla, «yo guardo el gran recuerdo, te lo prometo, que seas feliz», ¡qué postdata brutal!, se lleva una maleta prestada, «te la devuelvo pronto, ¿no te enfadas, verdad tesoro?», esta puñalada la derribó, esconder este papel: no la favorece, guardármelo.
¡Vaya por Dios, don Ramiro!, ¿qué preguntas absurdas?, ¿por qué se adentra por esa puerta?, ¡qué agitado retorna!, ¿qué me enseña misteriosamente?, «¿pero no comprende usted, Madero?, ¡somnífero!, lo sospeché en el acto, un médico urgentísimo, cuestión de vida o muerte», medio mutis aspaventoso (qué cuadro tan irreal: somos un sueño), vuelve a mí, exige silencio, «en nuestras manos el honor de esa mujer», ¡qué diría si conociera la bola de papel en mi bolsillo!, se marcha feliz con el melodrama, hasta me ha hecho creer por un momento en el suicidio absurdo, todo cabe este día de quimeras, el ciprés, el quiosco, tía Hélène, la Pietá, ¿por qué la torturan, qué hacen las tres furias en torno a su cabeza?, «está helada, Emilia, trae la copa», tía Hélène imperiosa acerca el cáliz, corro a salvarla, pero es alcohol, un poco de whisky resbala de sus labios, la venita azul palpitando lenta, alarma en un control, «hay que reanimarla, Emilia», «Jesús, Jesús», sus pies en mis manos bajo la manta, mármoles pese a las medias, de forma perfectísima para un cuerpo de estatua, ¿cómo puedo pensar tales cosas si su vida en un hilo?, masaje, calentarlos, caricias a una hermana, yo también fui apuñalado, también mi cuerpo un golpe contra el agua, somos del mismo mundo; ¿decretan eso los dioses de este día?
¿Qué dicen de un lavado?, ¡si ya sus pies responden tibios!, ¡he encendido su sangre!, don Ramiro, incrédulo ante el médico tranquilo, «no se ha intoxicado, seguro», ¡oscila su cabeza, suena su voz!, «¿qué pasa?», vacilante y lejana, «un desmayo, sin importancia, no se apure», sonrisa de niña que sospecha le engañan, le gastan una broma, el doctor mostrando el famoso tubito, la cabeza negra sonriendo, va y viene sobre los cabellos yacentes, pero don Ramiro obstinado, dedicándome un aparte como en el teatro, «claro, amigo Madero, no va a confesarnos que sucumbió a la desesperación», recuerdo su indiferencia al taxi que la atropellaba, pero ahora vencida por un papel escrito, ¡atención a sus ojos!, ¿me adivina?, va recordando, mira hacia la cómoda, no deberá saber que alguien lo leyó, junto al mueble un gran cántaro de pueblo, dejo caer el papel con disimulo, salvarla de inquietudes.
Su tez más entonada tras el café de Tere, tierno matiz oliva, «por suerte había un médico abajo, visitando a Ildefonso», don Ramiro erigiéndose en héroe, «traído por un amigo del viejo, un dorador, curioso personaje», su voz ceremoniosa disipa dramatismos, todo vuelve a su cauce, pero no las figuras inquietantes de mi sueño, tampoco la puñalada, para ella las aguas de otro Sena, ¿qué sintió en ese instante?, ¿también aquel frío negro al recibir el golpe?, los dioses de este día trayéndome a salvarla, fui su marinero de los muelles, también el gendarme que anotó mi nombre en un papel, herida por el puñal de Marga, me equivoco: de Gloria.
José Luis Sampedro. Octubre, Octubre
Y las cosas, provocadoras y significativas. Las puertas, las máscaras, los quioscos, los espejos; y las navajas y los braseros, las cavernas y los perfumes…
Vidas cotidianas y mágicas; cosas inmutables y vivas. Porque «Octubre, Octubre» abarca todo un mundo, completo en su significado aunque permeable a otras interpretaciones. Un mundo expuesto sin trampas formales ni artificios narrativos, cuyo centro es el quiosco de María, en el madrileño «quartel de Palacio», pero cuyo eje se apoya por arriba en la más alta terraza, donde se alza la «kaaba» de Miguel, y por abajo en la caverna donde Luis y Agata celebran su amorosa liturgia. Un mundo que es más que una historia porque abarca muchas, desde un pasado enraizado en el Valle de Aosta o el harem de Stambul hasta un futuro proyectado en la propia imaginación de cada lector.

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Y el aldeano me dijo: «Ese viejo que viene ahí, y que es mi suegro, se llama Baroja».

Ahora, del nombre pasaré al lugar donde se encuentra.
Álava tiene tres líneas de alturas casi paralelas. Éstas la dividen en zonas. La zona del norte limita con Vizcaya y Guipúzcoa; son sus jalones las masas cretáceas del Borbea, de la peña de Udala, del Aizgorri y de San Adrián.
La cordillera del sur, la sierra de Cantabria, separa la parte alavesa clásica de la zona del Ebro. Entre estas dos extremas y las intermedias quedan en la provincia tres pequeñas comarcas naturales, que son, de norte a sur: la primera, limitada por la línea fronteriza nórdica y los montes de Vitoria; la segunda, entre los montes de Vitoria y los de Treviño, y la tercera, entre Treviño y la sierra de Cantabria.
Todavía hay una zona alavesa-riojana entre la sierra de Cantabria y el Ebro. Las tres primeras son bastante frías, y, probablemente, la más fría de todas es la zona alta que hay entre Vitoria y las alturas de Treviño.
Estas llanadas o depresiones fueron antiguos lagos que rompieron sus diques naturales y se derramaron en cauces de ríos para ir al mar.
El Ebro excavó sus obstáculos y produjo las Conchas de Haro; el Zadorra, más pequeño y más modesto, agujereó la tierra con sus aguas en el lugar llamado las Conchas de Arganzón.
De la laguna del Ebro, según dicen los historiadores, queda aún testimonio histórico, pues habla de ella Estrabón, citando a Posidonio, y dice que causaba grandes crecidas del río cuando soplaban los vientos del norte.
El pueblo de Baroja está en paraje duro y frío en la jurisdicción de Peñacerrada. Es tierra adusta, con montes intrincados de árboles y carrascas.
La cordillera de Cantabria se dibuja en el fondo, al Sur, con sus picos y sus aristas. La aldea, de casas pobres, no tiene nada de antiguo, al menos a primera vista; no tiene carretera ni camino de coches; la iglesia es gótica, con una fachada nueva pintada de amarillo. Antes había por allí, sin duda, mucho azor. Zúñiga, en su tratado de cetrería, habla del halcón baharí, que se criaba principalmente en los montes de Peñacerrada. Yo he estado en este último pueblo tres veces. La primera fui desde Laguardia a pie.
Era hacia el año 1912. Me decían que no fuera a pie porque era demasiada distancia para mí. Un madrileño era un ser débil para los aldeanos; pero yo no sólo fui, sino que volví el mismo día. Salí por la mañana de Laguardia, a las ocho, y volví, por la noche, a eso de las diez. El viaje está contado en mi novela El aprendiz de conspirador.
El segundo viaje lo hice con mi amigo Fernando del Valle Lersundi. Estuvimos en Peñacerrada, y pregunté yo en la plaza a un aldeano si había alguno en el pueblo que se llamara Baroja. Y el aldeano me dijo: «Ese viejo que viene ahí, y que es mi suegro, se llama Baroja».
Estuve hablando un rato con él.
Muchos años después, con mi amigo Gonzalo Manso de Zúñiga, fui de Vitoria a Peñacerrada, y después marchamos juntos hasta Baroja. Al llegar al pueblo, no encontramos a nadie, estaba desierto; pero a la salida vimos un aldeano que trabajaba en el campo. Yo le pregunté:
—¿Hay aquí alguno que se llame Baroja?
—Sí; alguno hay —me dijo él.
—¿Y ustedes no han oído hablar de un escritor que se llama Pío Baroja?
El aldeano me miró de arriba abajo, y exclamó:
—Y quizá sea usted.
¡Qué penetración!
A mí, sin duda, me creyeron rico, porque en el pueblo dijeron que había estado Pío Baroja con su chófer. Manso de Zúñiga me hizo una fotografía a la entrada de la aldea.
El pueblo Baroja está a cuatro kilómetros de Peñacerrada. Tendrá unas treinta casas y unos cien habitantes.
En la primera guerra civil estuvo ocupado por los carlistas; después, por Zurbano, durante el ataque del general Espartero contra Peñacerrada.
Baroja es pueblo antiguo de la provincia de Álava, una de las siete aldeas de Peñacerrada. Su fundación es del tiempo de la Reconquista, y aparece en el siglo XI en el distrito titulado Río de Ibida, según Llorente.
Mis antepasados se llamaron durante cuatrocientos años Martínez de Baroja, y, naturalmente, procedían del pueblo alavés. Además de la ejecutoria de 1619, que me regaló el amigo de Valle Lersundi, tengo otra que me dio un pariente, comenzada en tiempo de Carlos IV.
Así es que, con relación a este apellido Baroja, que no tiene nada de extraordinario, porque no aparece en ningún hecho histórico, tengo dos ejecutorias: una, de principios del siglo XVII; otra, de final del siglo XVIII, y todavía una portada de otra del tiempo de Felipe II.
Se podía llegar en la familia, por línea directa, al siglo XV, lo que es ya verdaderamente remontarse lejos.
Como Barojas más antiguos, he visto una nota que me dio un amigo catalán en Barcelona, que dice así: «En el mes de Rebia, primero del año 704 (2 de octubre a 1 de noviembre de 1304), dos galeras de Barcelona, armadas por Jaime de Barocha, tomaron cerca de Trípoli una tarida de moros, y lo que hallaron en ella, que fue mucho, lo llevaron a Sicilia». Esto está consignado en la Demanda de Pedro Busot, embajador enviado por Jaime II a Túnez.
De Barojas conocidos, probablemente no de la misma familia, no he visto más que un Juan Antonio Ximénez de Baroxa, notario apostólico del cabildo de la iglesia de Calahorra en 1701; un obispo Baroja, de Teruel; un platero de Toledo y un militar, creo que general, que aparece en un libro del duque de Mandas, en San Sebastián, como juez de los afrancesados, en 1794.
Mis antepasados se llamaron durante mucho tiempo Martínez de Baroja. Vivían entre la tierra de Álava, Burgos y Logroño; una familia habitó mucho tiempo en la aldea de Samiano, en el condado de Treviño; otras, en la de Payueta. Pertenecían a la cofradía de San Martín de Peñacerrada, que entonces, sin duda, era una gran cosa para estos aldeanos, y eran alcaldes de la Santa Hermandad.
El Baroja que solicita la más antigua ejecutoria de esta familia se llama Juan Martínez de Baroja, y es vecino de Hormilla, pueblo de unos seiscientos habitantes, que tiene una iglesia dedicada a san Martín y una antigua torre fortificada, ya derruida. Este Baroja sacó su ejecutoria de hidalguía el año 1516, porque en su familia, según afirma, la habían tenido antes. El hijo y el nieto de Juan vivieron en Peñacerrada y en el mismo Baroja.
Esta resistencia de los Barojas a desaparecer, a confundirse en el montón, es lo que más me choca. En este tiempo, desde el siglo XV acá, ¡cuánta gente habrá subido y bajado! Y ellos en su oscuridad, sin ceder. Yo creo que estos destripaterrones debieron de consumir toda la energía de la familia, porque cuando ésta se ha hecho ciudadana, en cuatro generaciones, al menos en mi rama, se ha extinguido por línea directa.
Hay gente a quien le gusta alargar sus apellidos. En mi familia parece que han sido partidarios de acortarlos. Los Martínez de Baroja se convirtieron en Baroja sólo, y los Zornozas y Alzates, que tenían también patronímicos, los suprimieron. A mí me gusta esa brevedad. Me parece un abuso el que una persona insignificante tenga que ser conocida con dos o tres nombres y dos o tres apellidos.
Yo no soy pájaro que se haya adornado con plumas ajenas, al menos conscientemente, ni en asuntos familiares ni individuales. Tengo la conciencia, creo que bastante clara, de mis defectos y de mis incomprensiones; pero esto no me induce a disimularlos ni a paliarlos, sino más bien a exhibirlos. Me parece que poder verse a sí mismo con la mayor claridad es el ideal del escritor.
Pío Baroja. Familia, infancia y juventud. Desde la última vuelta del camino – 2
En este segundo tomo de sus memorias, Baroja comienza relatando la historia de su familia, quienes fueron sus antepasados y cuál fue su origen. Se extiende también sobre las posibles etimologías de sus apellidos.
A partir de la segunda parte se inicia la narración autobiográfica. Baroja nos habla de su infancia en San Sebastián y en Madrid, de su adolescencia en Pamplona y de su juventud y años de estudiante en Madrid y Valencia. Las últimas partes se dedican a su desempeño profesional, como médico en Cestona y como empresario en Madrid. El libro concluye en el momento en que don Pío decide convertirse en escritor.

—No quiero que salgas con el profesor. No te quiero volver a ver hablando con él, tratándole como un amigo. Es indecoroso e impropio.

Una tarde, se ennegreció el cielo inesperadamente.
Sol y Boloix echaron a correr, bajo las primeras gotas de lluvia hacia la casa. Como ella se retrasaba, Boloix la cogió de la muñeca.
Desde su ventana, la abuela les vio llegar. Mojados por la lluvia, con las manos unidas, reían alegremente. Aquella misma noche, se encerró a solas con ella y le habló con ojos brillantes de cólera.
—No quiero que salgas con el profesor. No te quiero volver a ver hablando con él, tratándole como un amigo. Es indecoroso e impropio.
Pero fue inútil. Del mismo modo que había escapado de sus habitaciones, prescindió de la advertencia. Precisamente desde entonces sintiose atraída de un modo especial por aquella amistad, tal vez la única escogida por ella. La prohibición aún la incitó más.
Casi insensiblemente, se encontraba todas las tardes al lado de Ramón Boloix, camino del río. Hablaba con él, hablaba tranquilamente, sin miedo, liberándose por primera vez de tantas cosas que guardaba dentro, enconándosele. Despotricaba sobre las monjas, la abuela, o bien alababa, se entusiasmaba y criticaba a su antojo, sin temor. Decía tonterías alegremente y pequeñas cosas tristes y escondidas. Tenía apenas quince años y el sol doraba tibiamente la neblina entre los troncos negros. Por la noche, escuchaba el zumbar de los insectos. Algo flotaba en el aire, algo dulce y extraño, que la llenaba de paz. Sol no comprendía qué podía haber de malo en su amistad con el profesor.
Pero aquella amistad fue destruida de un modo sencillo y decisivo. La abuela le obligó a volver a Barcelona, pocos días después.
Eran ya los últimos días de septiembre y llovía copiosamente. En la pequeña estación del pueblo el agua tamborileaba sobre el cobertizo de uralita.
Como el día era gris, permanecían encendidas las bombillas, pobres y amarillentas. Una criada la acompañaba con cara de mal humor, por verse obligada a madrugar.
De pronto, Sol descubrió al profesor que venía hacia ella, con su vieja gabardina, una talla más grande de la adecuada. ¡Adiós, adiós!, dijo precipitadamente. Estrechó su mano con fuerza y, antes de que ella pudiera decirle nada, desapareció rápidamente entre la lluvia y la blanca nube de vapor de la locomotora que llegaba.

Ana María Matute
Luciérnagas

Con una voz íntima que modula sobresaltos y nebulosas, Ana María Matute nos enfrenta a las experiencias de un grupo de jóvenes, casi niños, a quienes la guerra civil ha despojado de cualquier resto de su anterior universo infantil. El escenario escogido es una Barcelona de soldados y mujeres mal pintadas, de refugiados y mendigos, de gentes ocultas que intentan sobrevivir día a día en medio de los escombros, la luz blanquecina de los reflectores, los bombardeos y la amenazada espera. Pero más allá de un tiempo y un espacio concretos, el propósito de la escritora es presentar a unos muchachos que conviven con el temor y la muerte y ahondar en las emociones de una joven que, desde la carencia y la provisionalidad, hallará en el amor el verdadero significado de la paz.

Aquella mañana, por primera vez, Fähmel estuvo descortés con ella, casi grosero.

Aquella mañana, por primera vez, Fähmel estuvo descortés con ella, casi grosero. La telefoneó a eso de las once y media, y ya el timbre de su voz le hizo presentir algo desagradable; no estaba acostumbrada a aquellas modulaciones, y precisamente porque sus palabras se mantenían perfectamente correctas, la asustó el tono de la voz: toda su cortesía quedaba reducida a fórmulas, como si, en lugar de agua, le hubiese ofrecido H2O.
—Por favor —dijo—, ¿quiere buscar en su escritorio la tarjeta encarnada que le di hace cuatro años? Con la mano derecha, Leonore tiró del cajón de su escritorio, empujó a un lado una tableta de chocolate, el paño de lana y el limpiametales, y sacó la tarjeta encarnada. —Por favor, lea en voz alta lo que dice la tarjeta—. Y ella leyó con voz temblorosa: «Estoy en todo momento a disposición de mi madre, mi padre, mi hija, mi hijo y el señor Schrella; no estoy para nadie más».
—¿Quiere repetir la última frase, por favor? —y ella repitió—: No estoy para nadie más. Y además, ¿cómo sabía usted que el número de teléfono que le di era el del hotel Prinz Heinrich? —Leonore no contestó—. Perdone, pero insisto en que se atenga usted a mis indicaciones aunque se las diera hace cuatro años…, por favor.
Ella no contestó.
—Fue una tontería… —¿Se había olvidado de añadir esta vez «por favor»?
Leonore oyó murmullos, luego una voz que gritaba «taxi, taxi», el silbido del guardia de la circulación, dejó el auricular, puso la tarjeta en el centro del escritorio y se sintió casi aliviada; aquella rudeza, la primera en el transcurso de cuatro años, resultaba algo así como un gesto cariñoso.
Cuando no podía fijar la atención o estaba cansada del ritmo extremadamente preciso de su trabajo, salía fuera a limpiar la placa de latón: «Dr. Robert Fähmel, Oficina de cálculos estáticos, cerrado por las tardes». Los vapores del ferrocarril, los gases de escape, el polvo de la calle, le daban cada día ocasión de sacar el paño de lana y el limpiametales del cajón, y a Leonore la encantaba prolongar aquellos minutos de limpieza hasta un cuarto de hora o incluso media hora. Al otro lado de Modestgasse, en el número 8, detrás de las ventanas polvorientas, podía ver las prensas que, incansables, imprimían cosas edificantes sobre papel blanco; las sentía trepidar y creía hallarse transportada a bordo de un buque que navegaba o que está a punto de zarpar. Camiones, aprendices, monjas; vida en la calle, cajas en la puerta de la tienda de verduras: naranjas, tomates, coles. Y en la casa contigua, ante la tienda de Gretz, dos aprendices colgaban, en aquel momento, un jabalí: la sangre oscura goteaba sobre el asfalto. Leonore amaba el bullicio y la suciedad de la calle. Un sentimiento de rebeldía le subía, por momentos, a la cabeza y la hacía pensar en abandonar el empleo; trabajar en cualquier tienda sucia, confinada en un patio interior, donde se vendieran cables eléctricos, especias o cebollas, donde un dueño desaseado, con los tirantes de los pantalones colgando, preocupado por los vencimientos, se permitiría franquezas que, por lo menos, se podrían rehusar; donde habría que sostener una batalla para obtener una hora de permiso para ir al dentista, donde se haría una colecta para el regalo de boda de una compañera, para comprar un cuadrito de bendición del hogar o un libro sobre el amor; donde las bromas groseras de los compañeros le recordarían a una que había permanecido intachable. Vida, y no ese orden inmaculado, ese jefe, impecablemente vestido e impecablemente correcto, pero que a ella le infundía miedo; Leonore sospechaba desprecio detrás de aquella cortesía de la que participaban todos cuantos tenían tratos con él. Pero ¿con quién tenía tratos, además de con ella? Hasta donde podía recordar, jamás le había visto hablar con nadie, salvo con su padre, su hijo y su hija. Jamás había visto a su madre, que vivía en otro sitio: en un sanatorio para enfermos mentales; y ese señor Schrella, que figuraba también en la tarjeta encarnada, jamás había preguntado por él. Fähmel no tenía hora de visita; a los clientes que llamaban por teléfono, ella estaba encargada de rogarles que se le dirigieran por carta.
Si descubría algún error en su trabajo, se limitaba a hacer un ademán como si tirara algo a la papelera y decía: «Bueno, vuélvalo a hacer, por favor». Eso no ocurría a menudo, porque los escasos errores que se le escapaban, los descubría ella misma. En todo caso, él no se olvidaba nunca de decir «por favor». Cuando Leonore le pedía una hora, un día, se lo concedía; cuando murió su madre, le dijo: «Cerraremos la oficina durante cuatro días… si le conviene una semana, dígalo, por favor». Pero Leonore no quiso una semana, ni siquiera cuatro días; solo tres, e incluso estos se le hicieron demasiado largos en el piso vacío. Al entierro y a los funerales compareció él, naturalmente, vestido de negro; asistieron también su padre, su hijo y su hija, todos con enormes coronas que colocaron personalmente sobre la tumba; escucharon el responso, y el padre, que la apreciaba, le dijo en voz baja: «Nosotros los Fähmel sabemos lo que es la muerte, estamos familiarizados con ella, hija mía».
Se mostraba tan comprensivo para todas sus peticiones que, a medida que pasaban los años, cada día se le hacía más difícil pedirle un favor. Fähmel había ido reduciendo las horas de trabajo; el primer año, Leonore trabajaba de las ocho a las cuatro; pero desde hacía dos años, su trabajo estaba racionalizado de tal manera que lo podía hacer perfectamente de ocho a una e incluso le quedaba tiempo para aburrirse y para prolongar hasta media hora los minutos de limpieza. Ya no se veía ni siquiera la más leve nubecita en la placa de latón. Leonore suspiró, enroscó el tapón de la botella de limpiametales y dobló el paño; las máquinas de imprimir seguían martilleando, imprimiendo incansablemente cosas edificantes sobre papel blanco; el jabalí seguía sangrando. Aprendices, camiones, monjas: vida en la calle.
Encima del escritorio, la tarjeta encarnada; impecable caligrafía de arquitecto: «… para nadie más». El número de teléfono, que ella, con gran esfuerzo, en sus ratos de ocio, ruborizándose de su curiosidad, había identificado: Hotel Prinz Heinrich. Este nombre había alimentado de nuevo sus sospechas: ¿qué hacía por la mañana, entre las nueve y media y las once, en el hotel Prinz Heinrich? Voz helada en el teléfono: «Fue una tontería». ¿Seguro que no había añadido «por favor»? Esta infracción a las normas de estilo la llenó de esperanza, la consoló de aquel trabajo que hubiera podido realizar igualmente un autómata.
Dos modelos de carta que no habían sido alterados en cuatro años, que Leonore había encontrado ya en las copias de su predecesora; una para los clientes que hacían algún encargo: «Les agradecemos su confianza, a la que procuraremos corresponder con la más rápida y correcta ejecución de su encargo. Atentamente le saluda». La segunda era la que tenía que escribir cuando enviaba las bases estáticas a los clientes: «Acompañamos los estudios estáticos encargados por usted para el proyecto de la casa X. Le rogamos gire a nuestra cuenta los honorarios, que ascienden a Y. Atentamente le saluda». Claro que le estaban reservadas ciertas variaciones; debía sustituir X por: Casa para un editor al pie del bosque, casa para un profesor a la orilla del río, puente del tranvía de la calle Holleben. Debía sustituir Y por los honorarios, que podía calcular perfectamente sola por medio de una simple tabla.
Había además la correspondencia con sus tres colaboradores: Kanders, Schrit y Hochbret, a los que tenía que enviar los encargos sucesivamente por orden de antigüedad. «A fin de que —había dicho Fähmel— la justicia siga su curso automático, y la suerte tenga unas posibilidades equivalentes»… Cuando le devolvían los estudios, tenía que remitir lo que había calculado Kanders a Schrit; lo que había calculado Hochbret, a Kanders; lo que había calculado Schrit a Hochbret, para que lo revisaran. Tenía que llevar el archivo, el libro de cuentas, tenía que sacar fotocopias de los dibujos y, de cada proyecto, una doble fotocopia en tamaño postal para su archivo particular; pero lo que más trabajo le daba era el franqueo de las cartas: pasar cada vez el reverso de un presidente Heuss, verde, rojo, azul, por encima de la esponjita, y colocar cuidadosamente el sello en el ángulo derecho superior del sobre amarillo; consideraba como una variación el poder pegar alguna vez un Heuss castaño, violeta o amarillo.
Fähmel tenía por principio no pasar más de una hora al día en la oficina; escribía su nombre debajo del «Le saluda atentamente», y debajo de las cifras de honorarios. Si llegaban más encargos de los que hubiera podido liquidar en una hora, rehusaba aceptarlos. Para estos casos tenía unas tarjetas ciclostiladas con el siguiente texto: «Por exceso de trabajo, nos vemos obligados a rehusar su muy estimado encargo. Firmado F.».
Ni una sola vez, cuando, por la mañana entre las ocho y media y las nueve y media, estaba sentada frente a él, le había visto realizar ningún acto humano íntimo; comer o beber; jamás le había visto acatarrado, y la ruborizaba solo pensar en cosas más íntimas que estas; el hecho de que fumara no compensaba la ausencia de las demás manifestaciones: el cigarrillo blanquísimo era demasiado inmaculado; solo la ceniza, las colillas en el cenicero la consolaban; esos eran por lo menos residuos, demostraciones de que se había consumido algo. Leonore había trabajado con jefes poderosos, hombres cuyas mesas de trabajo parecían puentes de mando, cuya fisonomía infundía pavor, pero incluso aquellos hombres poderosos habían bebido alguna vez una taza de té, un café, habían comido un bocadillo, y la visión de los poderosos en trance de comer y de beber siempre la había excitado: caían migas de pan, sobraban pieles de embutido y bordes grasientos de jamón; tenían que lavarse las manos, sacar el pañuelo. Una chispa de solidaridad aparecía en frentes de granito, que mandaban ejércitos enteros, se limpiaban bocas de rostros que, con el tiempo, serían vaciados en bronce, y más tarde, sobre pedestales, atestiguarían su grandeza a futuras generaciones. Fähmel, en cambio, cuando, a las ocho y media, salía del cuerpo del edificio posterior de la casa, no llevaba restos de desayuno y no estaba —como hubiera convenido a un jefe— ni nervioso ni concentrado en sí mismo: su firma, aunque tuviera que escribir su nombre cuarenta veces debajo del «Le saluda atentamente», se conservaba clara y hermosa; Fähmel fumaba, firmaba, raras veces miraba algún dibujo, tomaba el abrigo y el sombrero a las nueve y media en punto, decía: «Hasta mañana» y desaparecía. De nueve y media hasta las once se le podía llamar en el hotel Prinz Heinrich, desde las once a las doce en el café Zons, disponible solo para «su madre, su padre, su hija y su hijo… y el señor Schrella», a partir de las doce daba un paseo y a la una se reunía con su hija para tomar el almuerzo en el Löwe. Leonore no sabía cómo pasaba las tardes, las veladas; solo sabía que, por la mañana, a las siete asistía a misa, de las siete y media hasta las ocho desayunaba con su hija y de las ocho hasta las ocho y media estaba solo. Leonore se sorprendía cada vez al ver la alegría que demostraba cuando su hijo anunciaba su visita; cada vez abría la ventana, observaba la calle hasta el Modesttor, hacía traer flores, contrataba a una ama de llaves durante los días de la visita; la cicatriz que tenía encima del hueso de la nariz se le enrojecía con la excitación, mujeres de limpieza invadían el sombrío cuerpo de edificio posterior, sacaban botellas de vino y las dejaban preparadas en el vestíbulo para cuando llegara el trapero; las botellas se acumulaban, primero en filas de cinco, luego en filas de diez, porque el largo del vestíbulo era insuficiente: rígido bosque de estacas de color verde oscuro, cuyas puntas contaba Leonore ruborizándose de su curiosidad indebida: doscientas diez botellas vaciadas entre primeros de mayo y primeros de septiembre, más de una botella diaria.
Jamás Fähmel olía a vino, ni le temblaban las manos; el bosque de color verde oscuro se convertía en algo irreal. ¿Lo había visto efectivamente o existía solo en sus ensueños? Jamás había visto a Schrit ni a Hochbret ni a Kanders; vivían lejos uno de otro, cada uno en su pequeño nido. Solo dos veces se habían descubierto mutuamente un error: cuando Schrit calculó mal las bases de la piscina municipal, lo cual fue descubierto por Hochbret. Leonore se excitó sobremanera, pero Fähmel solo le pidió que identificara, entre las anotaciones en lápiz rojo el margen del dibujo, cuáles eran de Schrit y cuáles de Hochbret; y por primera vez se dio cuenta de que el jefe también era del oficio: durante media hora estuvo sentado a su escritorio manejando reglas de cálculo, tablas y lápices afilados, y luego dijo: «Hochbret tiene razón, la piscina se hubiera hundido antes de tres meses». Ni una sola palabra de reproche para Schrit, ningún elogio para Hochbret, y cuando —por única vez— el jefe firmó personalmente el visto bueno, Leonore le vio reírse; su risa le infundió tanto miedo como su cortesía.
El segundo error se le había escapado a Hochbret al calcular las bases estáticas del puente del ferrocarril encima de la Wilhelmskuhle, y esta vez fue Kanders quien descubrió el error, y Leonore volvió a ver a Fähmel —por segunda vez en el transcurso de cuatro años— sentado a su escritorio calculando. Tuvo que identificar otra vez las anotaciones en lápiz rojo de Hochbret y de Kanders; este incidente sugirió a Fähmel la idea de ordenar que los distintos colaboradores usaran colores distintos: Kanders rojo, Hochbret verde, Schrit amarillo.
Lentamente, mientras se le fundía en la boca un trozo de chocolate, Leonore escribió: «Casa fin de semana para una artista de cine»; mientras se le fundía en la boca el segundo trozo de chocolate, escribió: «Obras de ampliación de Societas, la más útil de todas las sociedades de utilidad pública». Por lo menos, los clientes se distinguían por el nombre y las señas, y los dibujos adjuntos le daban la impresión de que trabajaban en algo real: piedras y bloques de granito artificial, vigas, ladrillos de vidrio, sacos de cemento, todo eso se podía imaginar, mientras que Schrit, Kanders y Hochbret, a pesar de que todos los días escribía su dirección, continuaban siendo inimaginables. Jamás habían estado en la oficina, jamás llamaban por teléfono, jamás escribían una carta. Sin comentario alguno enviaban sus cálculos y estudios. «¿Para qué las cartas?, —había dicho Fähmel—. No se trata de coleccionar confidencias, ¿verdad?».
A veces, Leonore tomaba la enciclopedia del estante y buscaba el nombre de los lugares que escribía cada día en los sobres: Schilgenauel, 87 habitantes, de los cuales 83 católicos, famosa iglesia parroquial del siglo XII con un magnífico altar mayor. Allí vivía Kanders, cuyos datos personales figuraban en la póliza de seguros: treinta y siete años, soltero, católico… Schrit vivía más al norte aún, en Gludum: 1988 habitantes, de los cuales 1812 evangélicos, 176 católicos. Industria de conservas de pescado. Escuela de misioneros. Schrit tenía cuarenta y ocho años, casado, evangélico, dos hijos, de los cuales uno de más de dieciocho años. Leonore no necesitaba mirar el lugar de residencia de Hochbert, ya que vivía en un suburbio, en Blessenfeld, a solo treinta y cinco minutos de autobús, y muchas veces se le había ocurrido la idea estúpida de ir en su busca, cerciorarse de su existencia oyendo su voz, viéndole, sintiendo la presión de su mano, pero su poca edad —solo tenía treinta y dos años— y el hecho de que fuera soltero la hacían retenerse ante tal intimidad. Aunque la enciclopedia describía los lugares donde residían Kanders y Schrit, como se describe una persona en un documento de identidad, y de que Blessenfeld le era familiar, aquellos tres personajes seguían siendo inimaginables, pese a que cada mes llenaba sus pólizas de seguro, les enviaba giros postales, revistas y estadísticas; seguían siendo tan irreales como ese Schrella que figuraba en la tarjeta encarnada, para quien Fähmel estaba siempre disponible, pero que durante cuatro años no había intentado verle ni siquiera una vez.
Leonore dejó sobre el escritorio la tarjeta encarnada que había dado motivo a su primera falta de cortesía. ¿Cómo se llamaba aquel caballero, que había entrado en la oficina a eso de las diez y había pedido con urgencia, con mucha, mucha urgencia, hablar con Fähmel? Era alto, con el cabello gris, el rostro ligeramente sonrosado, olía a ágapes exquisitos y caros, llevaba un traje que apestaba a inmejorable calidad; aquel caballero reunía de tal manera los atributos de poder, prestancia y simpatía masculina, que resultaba irresistible; su título, que él murmuró sonriendo, sonaba algo así como ministro —consejero, director general, jefe de gabinete de un ministerio— y cuando ella negó saber el paradero de Fähmel, él le puso la mano sobre el hombro y dijo sin pensarlo un instante: «Vamos, guapa, dígame francamente dónde le puedo encontrar», y ella confesó, sin saber cómo, el secreto que tan a menudo suscitaba sus conjeturas, aquel secreto que tanto la preocupaba: «Hotel Prinz Heinrich». Entonces él murmuró algo acerca de que era condiscípulo suyo, y se trataba de un asunto urgente, muy, muy urgente, algo acerca de resistencia, de armas; al marcharse, dejó un aroma a cigarro puro, que una hora más tarde el padre de Fähmel todavía husmeó con asombro.
—¡Dios mío, Dios mío, qué tabaco este, qué tabaco! El viejo olfateó a lo largo de las paredes, acercó la nariz al escritorio; se puso el sombrero, volvió a los pocos minutos con el encargado de la tienda de tabacos, en la que compraba desde hacía cincuenta años, y ambos se detuvieron un momento en el umbral para husmear, anduvieron de arriba a abajo de la oficina como perros excitados; el encargado se metió debajo del escritorio, donde, por lo visto, se había conservado toda una nube de humo de cigarro, se levantó, se sacudió las manos, sonrió con aire de triunfo y dijo:
—Sí, señor consejero, era un Partagás Eminentes.
—¿Y usted me los puede facilitar?
—Claro que sí, tengo en el almacén.
—¡Ay de usted si el aroma no es el mismo que acabo de oler aquí!
El encargado de la tienda volvió a fruncir la nariz y dijo:
—Partagás Eminentes, me dejo cortar la cabeza, señor consejero. Cuatro marcos cada puro. ¿Cuántos quiere usted?
—Uno, querido Kolbe, uno. Cuatro marcos es lo que ganaba mi abuelo a la semana, y yo respeto a los muertos, tengo mi sentimentalidad, como usted sabe. Dios mío, este tabaco puede más que los veinte mil cigarrillos que mi hijo ha fumado aquí.
Leonore consideró un gran honor que se fumara el cigarro en su presencia; el anciano se arrellanó en el sillón de su hijo, que resultaba demasiado grande para él, y ella le metió un almohadón detrás de la espalda y le estuvo escuchando mientras se dedicaba a la más intachable de todas las ocupaciones: el franqueo. Despacio, pasar por encima de la esponjita un Heuss verde, rojo o azul, pegarlo con cuidado en el ángulo superior derecho de los sobres que se dirigirían a Schilgenauel. Gludum y Blessenfeld. Con precisión, mientras el viejo se abandonaba a un placer que parecía haber estado buscando en vano durante cincuenta años.
—Dios mío —decía—, por fin sé lo que es un cigarro, hija mía. He tenido que esperar a que llegara el día de cumplir mis ochenta años… pero, déjelo, criatura, no se excite de ese modo, claro que hoy cumplo ochenta años… ¿De manera que no ha sido usted la que ha comprado las flores por encargo de mi hijo? Está bien, gracias, ya hablaremos más tarde de mi cumpleaños, ¿verdad? La invito a la fiesta de esta noche en el café Kroner… pero dígame, querida Leonore, ¿por qué en los cincuenta años, dicho más exactamente son cincuenta y uno que llevo comprando en esta casa, jamás me habían ofrecido un cigarro como este? ¿Acaso soy avaro? Nunca lo he sido, usted lo sabe. Cuando era joven, fumaba mis cigarros de diez pfennig, cuando tuve un poco más de dinero los fumé de veinte y luego de sesenta durante muchos años. Dígame, hija mía, ¿qué clase de gentes son esas que andan por la calle con un puro de cuatro marcos en la boca, y entran y salen de una oficina, como si se tratara de un cigarrillo de una perra gorda? ¿Qué clase de gentes son esas que entre el desayuno y el almuerzo consumen tres veces el semanal de mi abuelo, y van dejando por ahí un aroma que quita el aliento a un pobre viejo como yo y le hace andar olfateando como un perro por la oficina de su hijo? ¿Cómo? ¿Compañero de escuela de Robert? ¿Consejero de Estado, director, subsecretario o quizás ministro? Seguro que le conocería. ¿Resistencia? ¿Armas?
Y de pronto un destello en sus ojos como si se hubiese abierto una ventanilla: el anciano se sintió transportado al segundo decenio de su vida, al tercero o al sexto, se encontró enterrando uno de sus hijos. ¿Cuál? ¿Johanna o Heinrich? ¿Sobre qué ataúd blanco echó puñados de tierra, sembró flores? Las lágrimas que asomaron a sus ojos, ¿eran las lágrimas del año 1909, en que enterró a Johanna, del año 1917, en que dio sepultura a Heinrich, o eran las del año 1942, en que recibió la noticia de la muerte de Otto? ¿Lloraba a la puerta del manicomio, donde había desaparecido su esposa? Lágrimas, mientras el cigarro se esfumaba en suaves torbellinos, que procedían del año 1902; el viejo Fähmel enterraba a su hermana Charlotte, para quien había ahorrado doblón sobre doblón para que lo pasara mejor; el ataúd se deslizaba chirriando sobre las sogas, mientras los niños de la escuela cantaban Torres, ¿a dónde ha huido la golondrina? agudas voces infantiles penetraban en aquella oficina impecablemente organizada, y el oído del anciano las percibía a medio siglo de distancia; solo aquella mañana de octubre del año 1902 era real. Niebla sobre el Bajo Rin, nubes de vaho dibujaban cintas sobre los campos de remolacha, por los vergeles de árboles frutales graznaban las cornejas como matracas de semana santa, mientras Leonore pasaba un Heuss encarnado por encima de la esponjita mojada. Treinta años antes de que ella naciera, unos niños campesinos cantaban: «Torres, ¿a dónde ha huido la golondrina?». Un Heuss verde por encima de la esponjita. Cuidado, las cartas a Hochbret llevaban franqueo de interior.
Cuando le sucedía eso, el anciano parecía ciego; Leonore hubiera querido ir rápidamente a la tienda de flores para comprarle un hermoso ramo, pero tenía miedo a dejarlo solo; el viejo Fähmel tendió las manos, ella le acercó cuidadosamente el cenicero, y él tomó el cigarro, se lo metió en la boca, miró a Leonore y dijo en voz baja:
—No vayas a creer que estoy loco, hija mía.
Leonore le apreciaba; solía ir regularmente a la oficina y se la llevaba para que, en sus tardes libres, se compadeciera de los libros guardados con tan poco esmero, al otro lado de la calle, arriba, encima de la imprenta, donde el anciano vivía en el «estudio de su juventud»; allí conservaba documentos revisados por inspectores fiscales, cuyas tumbas anónimas ya hacía tiempo que estaban en ruinas, desde antes de que ella aprendiera a escribir; resguardos ingleses de depósitos de libras esterlinas, cantidades en dólares, valores de propiedad de plantaciones en El Salvador; allá arriba removía balances polvorientos, descifraba estados manuscritos de cuentas bancarias que ya hacía tiempo que habían sido liquidadas, leía testamentos en los que el anciano disponía legados para hijos a los que sobrevivía desde hacía cuarenta años. «Lego a mi hijo Heinrich el usufructo de las dos fincas Stehlingers Grotte y Görlingers Stuhl, porque he observado en él aquella serenidad y aquella alegría en el crecimiento de las cosas que me parecen ser las condiciones previas indispensables para la vida de un campesino…».
—Aquí —exclamó el anciano blandiendo el cigarro en el aire—. Aquí dicté mi testamento a mí suegro, la tarde antes de marcharme a la guerra; se lo dicté mientras el muchacho dormía arriba; a la mañana siguiente me acompañó a la estación, me besó la mejilla —boca de un niño de siete años—, pero nadie, Leonore, nadie aceptó jamás mis regalos, todos volvieron a mis manos: fincas y cuentas en el banco, rentas e intereses de alquileres. Yo no pude regalar nunca nada, solo mi esposa lo supo hacer, y sus regalos fueron aceptados, y cuando, por la noche, estaba a su lado, a menudo la oía murmurar largo y tendido, suave como el agua fluía de su boca, horas y horas: ¿para qué, para qué, para qué…?
El anciano volvía a llorar, esta vez vestido de uniforme, capitán de la reserva, consejero secreto de estado, Heinrich Fähmel, con permiso especial para ir a enterrar a su hijo de siete años; la tumba de los Kilb se apoderaba del ataúd blanco; muros oscuros, y húmedos; y resplandecientes como los rayos del sol las cifras doradas que indicaban la fecha de la muerte: 1917. Robert, vestido de terciopelo negro, esperaba allá fuera en el coche…
Leonore dejó caer el sello, esta vez de color violeta; no se atrevía a franquear la carta para Schrit; los caballos, a la puerta del cementerio, resoplaban impacientes, mientras a Robert Fähmel, que solo tenía dos años, le dejaban sostener las riendas: cuero negro, quebradizo en los bordes, y el resplandeciente oro de las cifras 1917 brillaba más que los rayos del sol…
—¿Qué hace, en qué se ocupa, mi hijo, el único que me queda, Leonore? ¿Qué hace por la mañana de nueve y media a once en el Prinz Heinrich? Le permitieron que mirara cómo ponían la cebadera a los caballos. ¿Qué hace? Dígamelo, Leonore.
Tímidamente recogió el sello violeta y dijo en voz baja:
—No sé lo que hace allí, de verdad no lo sé.
El anciano se metió el cigarro en la boca y se retrepó sonriente en el sillón, como si nada hubiese ocurrido.
—¿Qué le parecería si la contratara en firme todas las tardes? Le pasaré a recoger; comeremos juntos y de dos a cuatro, o hasta las cinco, si quiere, me ayudará a mí a poner orden allá arriba. ¿Qué le parece, hija mía?
Leonore inclinó la cabeza y dijo: «Sí». Todavía no se atrevía a pasar el Heuss violeta por encima de la esponjita, a pegarlo en el sobre dirigido a Schrit: un empleado de correos sacaría la carta del buzón, la máquina estampillaría: 6 de septiembre de 1958, 13 horas. El anciano estaba sentado allí, volvía a estar al final de su octavo decenio, al principio del noveno.
—Sí, sí —dijo Leonore.
—¿Puedo considerarla contratada, pues?
—Sí, señor.
Leonore contempló aquella cara flaca, en la que en vano había buscado durante años algún parecido con la del hijo; solo la cortesía parecía ser un rasgo familiar común a los Fähmel; en el anciano, era más rebuscada, florida, era cortesía a la antigua usanza, casi señorío, no matemática cortés como en el hijo, que cultivaba la sequedad y solo en el brillo de sus ojos grises dejaba sospechar que hubiera sido capaz de afabilidades menos secas. El anciano utilizaba verdaderamente su pañuelo, mascaba su cigarro, le hacía a veces algún cumplido acerca de su peinado, de su tez; su traje, por lo menos, revelaba huellas de desgaste, la corbata siempre estaba anudada algo torcida, llevaba manchas de tinta china en los dedos, migas de goma de borrar en las solapas, lápices duros y blandos en el bolsillo de la chaqueta y, a veces, tomaba una hoja de papel del escritorio de su hijo y esbozaba rápidamente un ángel, un cordero de Dios, un árbol, el retrato de un conciudadano que pasaba en aquel momento por la calle. A veces, incluso le daba dinero para que fuera a buscar pasteles, le pedía que hiciera una segunda taza de café y la hacía feliz porque, por fin, podía enchufar el hornillo eléctrico para alguien que no fuera ella misma. Aquello era vida de oficina tal como ella estaba acostumbrada a vivirla: hacer café, comprar pasteles y oír contar algo verdaderamente consecuente: de las vidas que habían transcurrido allá detrás, en el otro cuerpo de edificio, de la gente que había muerto allí. Durante siglos, los Kilb habían buscado allí atrás vicios y luz, pecados y salvación, habían sido chambelanes del imperio, notarios, burgomaestres y canónigos; allí atrás se conservaba todavía algo de las austeras oraciones de los últimos prelados, de los turbios deseos de solteronas Kilb, de las penitencias de fervorosos jóvenes, en aquella oscura casa de atrás, donde ahora, en las tardes tranquilas, una muchacha pálida y de cabello oscuro hacía sus deberes escolares mientras aguardaba a su padre. ¿Quién sabe?, tal vez estaba él también en casa por la tarde. Doscientas diez botellas de vino vaciadas entre principios de mayo y principios de septiembre. ¿Se las bebía solo, con su hija o con fantasmas? ¿Acaso con ese Schrella que jamás había preguntado por él? Todo eso era irreal, menos real que el cabello rubio ceniza de la joven escribiente que, cincuenta años atrás, había estado sentada en ese mismo sitio y había guardado secretos notariales.
—Sí, se sentaba aquí, querida Leonore, exactamente en el mismo sitio en que está sentada usted ahora, se llamaba Josephine.
¿Acaso le había hecho también cumplidos acerca de su peinado, de su tez?
El anciano señaló sonriendo el lema que colgaba sobre el escritorio de su hijo, único superviviente de tiempos pasados, pintado en caracteres blancos sobre caoba: Llena está su diestra de dones. Lema de la incorruptibilidad, tanto de los Kilb como de los Fähmel.
—Ninguno de mis dos cuñados, los dos últimos varones de la familia, tuvo afición al Derecho; el uno se sintió atraído por los ulanos, el otro por la ociosidad, pero los dos, el ulano y el ocioso cayeron el mismo día, en el mismo regimiento, en el mismo ataque, junto a Erby-la-Huette; los dos cargaron a caballo contra el fuego de las ametralladoras, borraron el nombre de Kilb, se llevaron consigo a la tumba, a la nada, junto a Erby-la-Huette, vicios tan virulentos como la escarlatina.
El anciano se sentía feliz cuando llevaba argamasa en las perneras del pantalón y le podía pedir que le limpiase aquellas huellas. A menudo llevaba gruesos rollos de dibujos debajo del brazo, de los cuales Leonore nunca podía saber si los había sacado sencillamente de su archivo o si respondían a verdaderos encargos. El viejo sorbió el café, lo elogió, le acercó el plato de los pasteles y dio otra chupada a su cigarro. Su rostro volvió a iluminarse devotamente.
—¿Condiscípulo de Robert? En realidad, tendría que conocerle. ¿Seguro que no se llamaba Schrella? ¿Está usted segura…? No, no, ese no fumaría jamás esos cigarros, ¡qué tontería! ¿Y usted le ha enviado al Prinz Heinrich? Ya verá qué escándalo, querida Leonore, habrá sermón. No le gusta que le interrumpan las oraciones, a mi hijo Robert. Ya era así cuando niño: cariñoso, cortés, inteligente, correcto, pero si se pasaba de determinados límites, no perdonaba a nadie. No le hubiera importado cometer un asesinato. Siempre me dio un poco de miedo. ¿A usted también? Pero, hija mía, no le va a hacer nada por eso, sea razonable. Ande, vamos a comer, a celebrar un poco su nuevo empleo y mi cumpleaños. No haga tonterías. Si ya la ha reñido por teléfono, ya está liquidado. Lástima que no se acuerde del nombre. No tenía la menor idea de que siguiera tratándose con antiguos condiscípulos. Ande, vamos. Hoy es sábado, y a él no le importa que se marche más pronto. Yo me hago responsable de todo.
Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos. ¿Había estado verdaderamente solo media hora con ella? Acababa de sonar la décima de las doce campanadas previstas.
—No, gracias —dijo—, no me pongo el abrigo y, por favor, no vayamos al Löwe.
Solo media hora; las prensas ya habían cesado de trepidar, pero el jabalí continuaba sangrando.

Heinrich Böll
Billar a las nueve y media

Billar a las nueve y media es la historia de tres generaciones de arquitectos alemanes de Colonia. Heinrich, Robert y Joseph Fähmel. El primero, Heinrich, es el fundador de la dinastía, un arquitecto de origen humilde que se trasladó desde el campo a una gran ciudad a finales del siglo XIX para forjarse un nombre y un futuro. Robert es su hijo, un experto en estática y cálculo de estructuras que nunca ha construído un edificio. En último lugar y con mucho menos peso argumental aparece también el hijo de Robert, Joseph Fähmel, que acaba de comenzar a ejercer la profesión reconstruyendo la Abadía de Sankt Anton, la primera obra importante de su abuelo, destruida durante la II Guerra Mundial.
El padre construía y restauraba abadías, monasterios y demás obras de obras de arte de hormigón y ladrillo. Su hijo, el protagonista de este relato, es también arquitecto, aunque experto en estática y estructuras, pero al estallar la segunda guerra mundial, va a la guerra como oficial del ejercito. Su misión, aprovechando sus conocimientos, es volar construcciones. Cuando la guerra está perdida, aprovechando la incompetencia de su comandante volará las obras de arte que su padre alzo dentro de la propia Alemania. ¿Por qué? Se le revuelven las tripas cuando escucha que los aliados han bombardeado, han matado a dos mil personas, pero lo más relevante es que la abadía de San nosequién ha sido derruida. No soporta que se le dé más valor al arte que a las personas.
Su hijo no sabe nada de esto, no quieren contarle, metáfora de la Alemania salida de la guerra que prefiere no saber lo que hicieron sus antecesores. Puede que mejor sea no saber para seguir adelante. Pero de querer saber, mejor saberlo todo, no versiones simplificadas. Mirar de frente al pasado fue siempre la obsesión de Böll.
En Billar a las nueve y media se ofrece una visión aceradamente crítica de esa Alemania del siglo XX que, en aras de la gloria militar y de la prosperidad material, simbólicamente designadas en la novela como el «sacramento del búfalo», ha sacrificado y escarnecido tantas veces los principios de la moral y el respeto a la libertad de los hombres, simbolizados en el «sacramento del cordero».

La última víctima de la Inquisición

La última víctima de la Inquisición

Allá va una efeméride con dos caras, una buena y otra mala. Primero, la mala. El 31 de julio de 1826 fue ejecutado en Valencia, con la recurrente excusa de la ley de Dios, Cayetano Ripoll, un maestro de escuela catalán que no llevaba a misa a sus alumnos. Y ahora, la parte buena. Aquél fue el último auto de fe que pudieron celebrar los diabólicos tribunales eclesiásticos que se repartían por España y que vigilaban la observancia de la fe católica. Cayetano Ripoll fue la última víctima de la barbarie, pero a él, la verdad, le dio igual llevarse a la tumba tan dudoso honor.

No fue la Inquisición quien ordenó ejecutar a Cayetano Antonio Ripoll, porque la Inquisición, aunque seguía existiendo, se había visto obligada trece años antes a suspender sus maléficas prácticas por orden de las Cortes de Cádiz. Pero como la Iglesia de aquel tiempo buscaba mil recovecos para seguir haciendo de las suyas con el beneplácito del Borbón Fernando VII, en sustitución del anestesiado Santo Oficio se crearon las Juntas de Fe, que venían a ser el mismo perro con distinto collar. Y le tocó a Cayetano.

Fue el Tribunal de la Fe del arzobispado de Valencia, presidido por el infausto obispo Simón López García —Satanás lo tenga en su gloria—, quien firmó la sentencia del maestro Cayetano Ripoll, acusado de leer libros malos (o sea, los de la Ilustración francesa), de tener cierto tufillo a masón y de no llevar a sus alumnos a misa, y acusado también por haber sustituido, no se lo pierdan, el tradicional saludo de «Ave María» por el de «Alabado sea Dios». Con argumentos tan contundentes en la mano, se le tachó de hereje y se le condenó a la horca, aunque para conseguir la oportuna puesta en escena al reo se le subió a un barril con llamas pintadas para que figurara una hoguera, y el cadalso fue adornado con caras de demonios y fuegos infernales. Todo muy teatrero.

Cayetano Antonio Ripoll, buen hombre y buen maestro, fue la última víctima de aquella pesadilla inquisitorial. No obstante, todavía hubo que esperar ocho años más para que la Inquisición y los Tribunales de la Fe se fueran definitivamente al infierno.

Nieves Concostrina

Menudas historias de la Historia

Anécdotas, despropósitos, algaradas y mamarrachadas de la Humanidad

¿Cómo es posible que Adolf Hitler fuera candidato al Premio Nobel de la Paz?

¿Qué hacía Búfalo Bill dándose un garbeo con los sioux por las Ramblas de Barcelona?

¿Era el marqués de Sade, padre del sadomasoquismo, un hombre sensible?

¿Cuántas personas escucharon realmente la famosa locución radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles?

La historia universal es sin duda el mejor anecdotario que existe. El devenir de la humanidad es un continuo de despropósitos, coincidencias, exageraciones, curiosidades y difamaciones.

Nieves Concostrina —que ya nos deleitó con las «andanzas» más divertidas de los muertos en «Polvo eres»— nos conduce con mucho humor en un sorprendente viaje por algunos de los hechos más curiosos que han moldeado nuestra historia.

Indignado el cardenal infante de tan cobarde comportamiento, mandó cortar la cabeza al gobernador Navia.

Orgulloso Richelieu con el resultado de esta afortunada expedición, y en su afán de abatir el poder de los españoles, ofreció sus auxilios al príncipe de Orange, a cuya petición, y en tanto que él resolvía atacar a Breda, el cardenal de la Valette puso sitio a Landrecy con diez y ocho mil hombres. La plaza capituló (23 de julio, 1637), cuando la guarnición estaba ya reducida a doscientos cincuenta hombres y cincuenta caballos. El cardenal infante de España, que necesitaba sus fuerzas para defenderse de los holandeses, ni pudo socorrer a Landrecy atacada por la Valette, ni romper las líneas del de Orange que sitiaba a Breda. La carta que el infante español gobernador de Flandes escribió al emperador manifestándolo la triste y crítica posición en que se hallaba, fue interceptada por los franceses. Alentados con esto el rey y el ministro cardenal, comunicáronla a la Valette, el cual en su virtud determinó poner sitio a La Chapelle, que sin necesidad y sin apuro ni causa justificada rindió por capitulación el español don Marcos de Lima y Navia (20 de setiembre, 1637), entrando en la plaza los franceses al siguiente día. Indignado el cardenal infante de tan cobarde comportamiento, mandó cortar la cabeza al gobernador Navia. En la misma campaña cayeron en poder de la Valette la plaza de Iboir y la ciudadela de Steray.

Modesto Lafuente
Historia General de España – XI

Anoche leí el libro de una sentada y hervía de entusiasmo por él.

26 de junio
… He depositado el volumen sobre la repisa de la chimenea como si fuera un frasco de medicinas recién salido de mi botiquín y me he puesto a reconvenirla y a exponer mi punto de vista, como si ella fuera la enferma y yo el médico… Parecía un poco molesta por mi actitud proselitista y ha simulado estar muy preocupada… o, por lo menos, poco interesada en mi medicina. Anoche leí el libro de una sentada y hervía de entusiasmo por él.
—Me temo que he llegado en un momento poco oportuno —he dicho con una sonrisa sardónica mientras pasaba los dedos por las teclas del piano…—. Será mejor que me vaya. Por favor, léalo —he dicho con un tono que sonaba como si añadiera «tres veces al día después de las comidas»— y dígame qué le parece. —Y he añadido en broma—: Por supuesto, no abandone por ello el manual que ahora lee, sería una tontería innecesaria… —he divagado un poco, con ganas de jugar.
Unos instantes después, ella ha contestado con voz pensativa y aire horrible y tranquilo.
—Me parece que se comporta usted con mucha grosería: toca el piano cuando le he pedido que no lo hiciera Y no para de dar vueltas, como si estuviera en su propia casa.
Aunque por fuera parecía tranquilo, estaba muy sorprendido y estremecido. Tras una pausa, he dicho:
—Muy bien. Si es eso lo que piensa… adiós.
Ninguna respuesta. Y yo he sido demasiado orgulloso para pedir disculpas.
—Adiós —he repetido.
Ella ha seguido leyendo una novela mientras yo me dirigía hacia la puerta, muy alterado.
—Au revoir.
Ninguna respuesta.
—¡Oh! —he dicho, y he salido de la habitación dejando a mi dama de una vez por todas. Y no lo siento.
En el corredor, me he encontrado con la señorita —.
—¿Cómo? ¿Ya se va?
—Adiós —he dicho con tono sepulcral—. Un trágico adiós.
Y se ha quedado muy intrigada.

W. N. P. Barbellion
El diario de un hombre decepcionado

Denostado en su día por «inmoral» e incluso por «ficticio», y a la vez aclamado como un examen despiadado del yo que Rousseau habría envidiado, El diario de un hombre decepcionado de W. N. P. Barbellion es una obra singular. Iniciado cuando su autor tenía trece años como un cuaderno de notas de historia natural, se iría convirtiendo poco a poco en la crónica de una profunda decepción: limitado en su formación académica por circunstancias familiares, y aquejado ya tempranamente de dolorosos y paralizantes síntomas de lo que luego se revelaría una esclerosis múltiple, el que soñaba con ser «un gran naturalista» acabaría obteniendo un modesto puesto de entomólogo en el Museo Británico de Historia Natural; pero, con un cuerpo «encadenado a mí como un peso muerto», se daría cuenta de que «mi vida ha sido una lucha continua contra la mala salud y la ambición, y no he conseguido dominar ninguna de las dos». La escritura puntual del diario, incisiva, repleta de ingenio y desesperación, se erige entonces en la única y verdadera razón de ser (o de seguir siendo): «Si somos gusanos —anotará—, al menos seamos gusanos sinceros». Barbellion murió apenas unos meses después de ver publicada su obra, pero su ejercicio de introspección, que ha sido comparado con Kafka y con Joyce, perdura como uno de los más notables y significativos del siglo XX.

¿hay quién se trague lo de un arzobispo que se escapa volando de su palacio para jugar al mus con una trinca de anarquistas?

22 de junio
Con lo pensado hay ya para un capítulo, y es la hora del balance, y de ver qué hago ahora con esta escasa materia granjeada, y dicho queda en el mejor sentido, en el de los que creen que vale más lo poco diestramente administrado que lo mucho derrochado. Descarto, por supuesto, cualquier salida realista, de esas que conducen a ficciones sociológicas, necesitadas de apoyos algo más convincentes que los míos, porque puestos en esa tesitura, ¿hay quién se trague lo de un arzobispo que se escapa volando de su palacio para jugar al mus con una trinca de anarquistas? La verosimilitud de semejante situación sólo se adquiere si la insertamos en una gran estructura de ambiciosas significaciones, símbolo cósmico o alegoría moral de impresionante catadura. ¿Y qué mejor que un nuevo enfrentamiento entre las fuerzas eternas, jamás vencidas aunque nunca victoriosas, del Bien y del Mal? Sí, ya recuerdo que, páginas más arriba, rechacé una idea de tal guisa, pero fue porque esa dicotomía de isotopos y parámetros me parecía de alcance insuficiente. Dispongo ahora de otras figuras, y la intención desechada resurge más vigorosa y realizable. Es, además, oportuna, ya que el tiempo en que vivimos es testigo y víctima de esa jamás resuelta escaramuza entre Ormuz y Arimán, cuyos nombres o máscaras modernas podrían ser el Orden contra el Caos, y también la Justicia contra el Orden, según se mire: entidades no obstante tan abstractas que están pidiendo a voces imágenes más próximas, conocidas o sospechadas de todo el mundo, en las que puedan figurarse. Tal y como lo veo, el desarrollo de la idea exige por su naturaleza un sistema de ficciones con personajes comunes y tramas paralelas, y un personaje central, héroe y al mismo tiempo eje, que no puede ser otro que nuestro Pablo Bernárdez, por el que siento simpatía, a pesar de lo poco que llevo imaginado de él; pero de ciertas palabras y ciertos hechos colijo su heroica disposición a cualquier acto que redunde en bien de la humanidad, aunque arriesgue su vida. Imaginemos dos lugares desde los que se mueven los hilos de la trama universal, dos palacios, nada menos. Si recordamos que el uno fue teatro de siniestras historias y pavorosos crímenes, y que en él hay mazmorras asfixiantes y larguísimos pasillos donde resuenan todavía y, con un poco de suerte, se pueden escuchar, gritos de víctimas atormentadas, podemos hacer de él el antro desde donde se organiza la universal subversión que nuestros amigos los anarquistas representan; pero si prescindimos de semejantes leyendas, y sólo consideramos sus cúpulas doradas, sus jardines fragantes y la música del río que lame sus murallas, no hallaremos un sitio que con más propiedad sirva para instalar al equipo en que se organiza el general levantamiento en pro de la justicia que representan también los anarquistas. El segundo palacio es muy distinto: nuevo en su construcción, racional en su arquitectura, enteramente iluminado, sin pasado y sin leyenda, sirve de asiento al estado mayor del Bien y de él emanan las consignas directrices de su estrategia y su táctica; pero si se tiene en cuenta que en sus despachos se han organizado golpes de Estado, crímenes políticos, guerras parciales, contrarrevoluciones, etc., puede muy bien servirnos como sede siniestra de los enemigos de la Justicia. El señor arzobispo, en la primera ficción, actúa como agente de los buenos, y pelea en la sombra contra el agente de los malos, que es, sin duda, don Justo Samaniego; porque, ¿qué mejor máscara para un instrumento del Mal que la de un archivero especialista en manuscritos daneses? Organizadas así las cosas, el padre Almanzora interviene como francotirador del Bien, medianamente informado y torpe en su interpretación de lo que tiene delante. De ahí que ponga en peligro al arzobispo, a quien considera esbirro del mismísimo demonio, pero, cuando las cosas se esclarecen, reconoce su error y se arrepiente, lo cual no implica renuncia a su proyecto de convertir la Iglesia en una sociedad anónima. En esta primera ficción, Pablo Bernárdez, creyendo servir al Bien, sirve al Mal, hasta que le cae la venda de los ojos; salva entonces la vida al arzobispo, coopera a la derrota del enemigo y recibe al final el premio de una vagina pequeño-burguesa, limpia de polvo y paja, en cuyos arrumacos consoladores adormece su decepción. No se convierte todavía, pero es presumible que lo hará poco después de terminada la novela. El archivero, los anarquistas y demás personajes protervos reciben su merecido. Ficción, como se ve, de un simbolismo sencillo, al alcance de los más limitados cacúmenes, y que muy bien pudiera complementarse con una segunda historia hábilmente embutida en la primera, en que Pablo Bernárdez sea un muchacho de buena familia, contaminado de ideas liberales, metido en aquella conspiración cívico-militar que terminó desastrosamente con los fusilamientos de Carral. Fugitivo y salvado por una señorita de pozo, el amor le redime y acaba combatiendo a sus antiguos cómplices. ¿Verdad que el relato queda bonito? En la segunda ficción, el arzobispo es un señor que prefiere la Justicia al Orden, y su enemigo es el padre Almanzora, que es quien actúa al dictado de la Injusticia. Don Justo Samaniego no pasa, en este caso, de mero personaje pintoresco, para crear ambiente, y lo mismo don Procopio y otros que ya hemos mencionado. Se prepara la Gran Revolución Universal, que, en Villasanta de la Estrella, tiene su centro en la torre Berengaria y a Pablo Bernárdez como ejecutor. Un buen día, después de algunos dimes y diretes, cuando la situación del arzobispo es difícil y están a punto de expulsarlo de la Sede, salen los isotopos de sus covachas y escondrijos, Pablo viene a su frente, lo arrasan todo, ganan los buenos, mueren los malos, y Pablo, triunfante, recibe el premio de una vagina pequeño-burguesa, limpia también de polvo y paja, cuya agradable propietaria no se convierte todavía a la revolución, pero es de esperar que lo haga de un día a otro. En cuanto al arzobispo, es admitido al nuevo orden a causa de su buena voluntad y de la simpatía que sienten hacia él los anarquistas. Episodio atractivo de esta segunda ficción pudiera ser la huida de la monja milagrera por las calles vacías, pegando fuertes gritos y yéndose a morir al lado del cadáver, todavía insepulto, del padre Almanzora; pero de esta secuencia puede muy bien prescindirse, ya que estrictamente necesaria no lo es. Ahora bien, en el caso de que aceptásemos para la primera ficción el doble argumento paralelo (lo que daría lugar a intrincadas complejidades técnicas de mucho lucimiento), sería necesario, por razones de equilibrio, que la segunda también lo fuera; entonces, ¿qué mejor que contar el levantamiento y guerra de Espartaco, con su lamentable fin? Puesto en parangón con Pablo, idénticos en el arrojo, parejos en la intención, la diferencia de soluciones, aquélla trágica, ésta feliz, serviría para que el menguado lector comprendiera, sin grandes razonamientos, la distancia que nos separa de Roma y lo mejor que se resuelven las cuestiones en nuestro tiempo, volcado resueltamente a la universal felicidad.
Releído, sin embargo, lo que acabo de escribir, no acaba de convencerme. La primera ficción pensada, a poco que se distraiga uno, acabará convirtiéndose en una historia más de James Bond. En cuanto a la segunda, toda vez que el triunfo de la revolución no parece cercano, y que el propio Mao-Tse-Tung le ha dado un par de siglos de plazo, peca indudablemente de idealismo. No sé qué hacer. Tendré que discutirlo con Lénutchka.

Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis

En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.

La señorita Saunders se deslizó como un ratón.

La señorita Saunders se deslizó como un ratón. Daba la impresión de moverse cerca del suelo. Tenía unos treinta años, cabello indeterminado y ojos de un asombroso azul claro, que le daban a su rostro, de otra manera anónimo, parecido a una estatua sagrada. Se la describía en los libros de la firma como «secretaria de confianza adjunta» y sus deberes eran «especiales». Inclusive sus antecedentes eran especiales: había sido cabeza estudiantil en el Convento de Santa Latitudinaria, en Woking, donde había ganado por tres años consecutivos el premio especial de piedad: un pequeño tríptico de Nuestra Señora con fondo de seda azul, forrado de piel florentina y proporcionado por Bums Dates & Washbourne. Tenía también un extenso historial de servicios no remunerados como Hija de María.
—Señorita Saunders —dijo el señor Ferrara—, no encuentro aquí ningún informe de las indulgencias que deben ganarse en junio.
—Aquí lo tengo, señor. Llegué tarde a casa anoche pues había que rezar las Estaciones de la Cruz para la indulgencia plenaria de Santa Etheldreda.
Colocó una lista mecanografiada sobre el escritorio del señor Ferraro: en la primera columna la fecha, en la segunda la iglesia o lugar de peregrinación donde se ganaría la indulgencia, y en la tercera columna, con tinta roja, el número de días ahorrados de los castigos temporales del Purgatorio. El señor Ferrara la leyó cuidadosamente.
—Me da la impresión, señorita Saunders —le dijo—, que está dedicando demasiado tiempo a las categorías menores. Sesenta días aquí, cincuenta días allá. ¿Está segura de no estar perdiendo su tiempo en estas? Una indulgencia de 300 días compensará por muchas de ellas. Me acabo de dar cuenta de que su cálculo para mayo es inferior a sus cifras de abril, y su cálculo para junio es casi tan bajo como el nivel de marzo. Cinco indulgencias plenarias y 1565 días: muy buen trabajo para abril. No quiero que afloje el paso.
—Abril es un mes muy bueno para indulgencias, señor. Tenemos la Semana Santa. En mayo solo podemos depender del hecho de que es el mes de Nuestra Señora. Junio no es muy fructífero, excepto en Corpus Christi. Notará una iglesita polaca en Cambridgeshire…
—Mientras no se le olvide, señorita Saunders, que ninguno de nosotros se está haciendo más joven. Tengo una gran confianza en usted, señorita Saunders. Si estuviera menos ocupado aquí, yo mismo podría hacerme cargo de algunas de estas indulgencias. Espero que le esté prestando mucha atención a las condiciones.
—Por supuesto que lo hago, señor Ferrero.
—¿Cuida siempre de estar en estado de gracia?
La señorita Saunders bajó los ojos: «Eso no es muy difícil en mi caso, señor Ferrero».
—¿Cuál es su programa para hoy?
—Allí lo tiene, señor Ferrero.
—Por supuesto. La iglesia de San Praxted, en Canon Wood. Queda bastante retirada. ¿Tiene que pasarse toda la tarde en una simple indulgencia de sesenta días?
—Fue todo lo que pude encontrar para hoy. Claro que siempre están las indulgencias plenarias en la Catedral. Pero sé qué opina de no repetirlas durante el mismo mes.
—Mi única superstición —dijo el señor Ferrero—. No tiene ninguna base, por supuesto, en las enseñanzas de la Iglesia.
—¿No le gustaría una repetición ocasional para un miembro de su familia, señor Ferrero, quizá su esposa…?
—Se nos enseña, señorita Saunders, a ver primero por nuestras propias almas. Mi esposa debería estar cuidando de sus propias indulgencias —tiene a un excelente consejero jesuita—. Yo la empleo a usted para cuidar de las mías.
—¿No tiene ninguna objeción a Canon Wood?
—Si en realidad es lo mejor que puede hacer. Con tal de que no implique tiempo extra.

Graham Greene
Veintiún cuentos

Los cuentos de este libro (escritos entre 1929 y 1945) tienen como punto focal temas que también son dominantes en las conocidas novelas de Graham Greene: culpa, traición, fracaso, violencia, persecución, y la incesante búsqueda de salvación del hombre.

Calló Sátanas, y Leviatán tomó la palabra.

Calló Sátanas, y Leviatán tomó la palabra.
—Ya conocemos, pues, a los Rezzónico, a su palacio y a su mayordomo, indicado por la flecha de neón infernal, para la operación que nos incumbe. En cuanto a las circunstancias presentes, lo único de importancia que hemos cosechado nosotros, y que es obvio destacar, pues Sus Excelencias Satanás y Lucifer se habrán enterado también de ello, en el curso de sus exploraciones, es que exactamente dentro de una semana, el 7 de junio de 1764, habrá aquí una fiesta excepcional, en honor del Duque de York, hermano del Rey Jorge III de Inglaterra. Ludovico Rezzónico planea tirar la casa por la ventana. Nunca, desde el casamiento de dicho Ludovico con la Principessa Faustina Savorgnan, y desde las visitas de ceremonia suscitadas por la proclamación del deudo Pontífice, habrá refulgido este palacio con tanto esplendor. A ello obedece el arribo de cajas con vinos deliciosos; el exagerado acaparamiento de ceras para los candelabros y las arañas; el retapizar; el lustrar de platerías; el barnizar de cuadros; el frotar de muebles; el encargar de flores; el discutir de manjares. El Procurador y Donna Faustina actúan como dos mariscales prontos a dar una batalla. Lo será la fiesta del 7 de junio, y Venecia entera pende de su triunfo.
—Así es —comentó Satanás—. Y a mí me toca conectar a la mencionada fiesta y al Sior Leonardo, bajo los laureles de la ira. Tendré que estudiar cómo, en el andar de esta semana.
Se separaron, y se dedicó cada uno a pasarla lo mejor posible. Belfegor se acostó en el lecho olímpico de los Procuradores; Belcebú se deleitó en sus cocinas; Asmodeo admiró las desnudeces de sus pinturas; Mammón calculó su costo; Leviatán consideró a los salones como un invernáculo propicio para el madurar de las frutas de la envidia; Lucifer se ingenió para retocar y ampliar los escudos; y Satanás no apartó sus labios intangibles del oído de Donna Faustina Savorgnan.
Efecto de la elocuencia de este último, fue la resolución que los Rezzónico adoptaron: después del banquete, agasajarían al Duque con un espectáculo teatral. Sabedores de que en Inglaterra se apreciaba sobradamente a la Commedia dell’Arte, dispusiéronse a brindar al hermano del Rey una representación auténtica, algo característico del espíritu italiano, y como estaban al corriente del talento de su mayordomo, le confiaron la puesta en escena. Vano fue que el Sior Leonardo se esforzase por escabullirse. Cuando el Procurador y su Principessa se trazaban un propósito, no había poder en la Tierra capaz de oponérseles. Arguyó que ni su edad ni su paso claudicante tolerarían ya que asumiera el papel de Arlequín, y le respondieron que en ese caso encarnara al viejo Signore Pantalone. Protestó que no contaba con actores para la función, y le contestaron que los buscase, sin ahorrar cequíes ni ducados. Intentó un argumento más, y Ludovico sacudió la peluca y le gritó que no lo importunara, pues demasiadas cosas tenía en la mente, para distraerse disputando con su mayordomo. En seguida, los Rezzónico se retiraron, como si marchasen sobre nubes y se aprestasen a subir a uno de sus techos mitológicos, y el triste Sior Leonardo debió enfrentar la contingencia de presentar, dos días después, un ensayo del espectáculo —aunque ese teatro no se ensayaba—, a fin de que los señores le impartiesen su aprobación. Salió, pues, desesperado, en pos de cómicos ocasionales, y Satanás, que ya no lo dejaba solo, salió con él.

Manuel Mujica Láinez
El viaje de los siete demonios

Fábula originalísima y portento de erudición, ironía, sentido del humor e imaginación sobre las pasiones humanas, constantes e inquebrantables en cualquier tiempo y lugar.
Desde el mismo infierno, el diablo convoca a los siete demonios de los pecados capitales: la soberbia de Lucifer, la ira de Satanás, la avaricia de Mammón, la envidia de Leviatán, la pereza de Belfegor, la lujuria de Asmodeo y la gula de Belcebú, a los que envía a la tierra para que desperecen sus cuerpos y poderes aletargados y cumplan unas misiones determinadas. Sobre increíbles, imposibles cabalgaduras, rodeados de artilugios mágicos que les indican cuándo, dónde y a quién deben tentar, inician un recorrido fantástico: Francia en tiempos de la viuda del malvado mariscal Gilles de Rais, la Pompeya romana a punto de ser devorada por el Vesubio, la China de los emperadores en 1888, el Potosí boliviano de mediados del siglo XIX, el Palazzo Rezzonico en la Venecia de 1764, incluso la isla de la Tortuga, sede de la más afamada piratería en 1647. Por último, la futurista ciudad siberiana de Bet-Bet en el año 2273, ejemplo de la postrera civilización humana.
En todo siglo y lugar los demonios tienen una historia, una vida que enredar, seres humanos débiles a los que tentar y pervertir. Cumplida su entretenida misión, los siete demonios regresan a su hogar portando curiosos testimonios «fotográficos» de sus aventuras y triunfos.
Por encima de todos ellos gravita un Mujica Láinez que ha afilado al máximo su pluma corrosiva para componer un autentico aquelarre de las pasiones humanas en total descontrol.